5 jun. 2014

Capítulo 3




Después del infortunado encuentro con Belle, Tom se encerró en su cuarto y al desvestirse vio con horror su reflejo en un espejo que colgaba de la pared.

Hacer el Horrocrux fue una tarea exitosa con el precio de sufrir una herida asimétrica en la piel. No le había dolido pero ahora una fina red de cicatrices rojizas le cubría desde el corazón hasta el brazo derecho, pasando sobre el pecho y por el cuello.

Tom observó con detenimiento su cuerpo, poco a poco iba dañándose y transformándose. Podía darse cuenta que si seguía dividiendo su alma terminaría afectando su cuerpo de manera visible y permanente. En qué se convertiría era una pregunta que empezó a formularse en su cabeza, no por vanidad, ya que no le importaba modificar sus rasgos en pos de la inmortalidad pero le dio curiosidad saber si sólo serían heridas como aquellas o su esencia natural terminaría por dominar la física.

Con tres Horrocruxes a cuestas y recuperado completamente, Tom decidió hacer una última parada en Inglaterra: New Forest

Había escuchado que unos viajeros hablaban sobre misteriosas muertes que ocurrían en un pequeño pueblo costero y quería llegarse hasta el lugar para ver que podría encontrar.

Guardó sus pertenencias en el bolso y se marchó del Blue Pixie.

El cielo estaba cubierto por una densa capa de nubes negras que tronaban enfurecidas dejando caer gruesas gotas de lluvias. A lo lejos, entre la niebla se veía el cartel de pueblo y bajando por la colina hasta llegar a la costa se extendía un enmarañado montón de casitas pobremente construidas y azotadas por las inclemencias del clima salino.

Un trueno sonó ensordecedor sobre su cabeza. Temblando, Tom, se arrebujó la capa y empezó el descenso por la calle principal. La parada obligatoria en todo viaje era la taberna del lugar, donde los habitantes se juntaban a chismorrear y siempre había comida caliente o algo para beber. Él no planeaba quedarse más de lo necesario allí, ya que había decidido cruzar el canal de la mancha y pisar suelo francés apenas pudiese. Quizás con suerte allí encontraría una embarcación que lo cruzara o podría alquilar una escoba, aunque nunca se le había dado muy bien lo de usar esos artefactos. De hecho uno de sus sueños más anhelados era poder volar con libertad y sin tener que depender de ningún objeto que lo trasladara, pero hasta el momento no sabía de ningún otro mago que haya logrado tal cosa y no estaba seguro de si encontraría la forma de hacerlo leyendo algún libro.

Mientras disfrutaba el imaginarse volando sobre el mar solamente valiéndose de sus habilidades mágicas, divisó a pocos metros una casona de madera descascarada con varios pisos de alto y ventanas iluminadas con titilante luz ambarina. Cuando se acercó lo suficiente vio un letrero desvencijado que bailaba al compás del viento. Rezaba: "Lykos"

Con cautela Tom caminó en dirección a la puerta, mirando hacia ambos lados del camino. No parecía haber nadie más alrededor y todas las casa tenían las ventanas cerradas a cal y canto como si quisieran resguardase de algo. Era extraño, pero él le restó importancia, estaba más interesado en saber si encontraría otros magos o tendría que pasar el rato con un montón de sucios muggles borrachos.

Su pregunta se vio respondida apenas entró. El calor del interior le golpeó en la cara acompañado por un fuerte tufo a bebidas. Era agradable estar en un lugar seco pero desgraciadamente la taberna no se diferenciaba mucho de Blue Pixie, excepto por el tamaño. Ésta era enorme, quizás tres veces más grande, pero igual estaba llena de mesas ocupadas por hombretones corpulentos que apostaban, cantaban, bebían y coqueteaban con mujeres pasándoselas de regazo en regazo o dándose besitos en el cuello.

Intentado pasar desapercibido, Tom se dirigió a la barra donde encontró una banqueta desocupada. Le hizo señas al cantinero para que se acercara pero sin dejar de mirar sobre el hombro a quines lo rodeaban.

-¿No eres de por aquí, cierto? –Preguntó el cantinero, un hombre alto y robusto que secaba copas de vino con esmero-. Recuerdo cada rostro del pueblo y a ti no te había visto nunca.

-Vengo desde Londres –respondió Tom volviendo la cabeza.

-¿Cuál es su asunto aquí?

-Tomar un poco de vino.

-¡Ja! Conque andamos con misterios ¿Eh? –inquirió el hombre con una media sonrisa socarrona-. No es el único, amigo mío, pero déjeme decirle que últimamente atiendo a muchos como tú –agregó con un guiño.

Lo dudo pensó Tom, cansándose de la conversación.

-No sé a qué se refiere, solamente quiero beber algo para recuperarme del frío.

-Esta bien, como quiera –aceptó el cantinero y le sirvió una copa-. Va por cuenta de la casa.

De a pequeños sorbos y sintiendo como el vino le calentaba las entrañas, Tom disfrutó el hecho de no encontrarse bajo la lluvia. Planeaba buscar una habitación y subir a secarse usando magia, pero primero quería averiguar algo sobre las muertes ocurridas hacia poco.

-¿Y dígame… -empezó Tom-, qué es lo que ha estado pasando aquí, últimamente?

-¡Ah! Ya me parecía que venía hasta aquí por ese temita –dijo el cantinero-. Un joven Londinense como usted no se anda por estos pagos sin motivo. Espere, espere hasta que solo quedemos los pocos que nos estamos encargando del asunto y podrá escuchar o preguntar todo lo que quiera.

Tom frunció el ceño intrigado y sorbió un poquito más de su vino.

-Ve esa mesa de allí. –señaló su interlocutor con una manaza de dedos nudosos-. Son el alcalde, el jefe de la policía, el jefe de bomberos, el guardabosque y algunos de los más rudos del pueblo. Si quiere saber más tendrá que acercarse para presentar sus credenciales. No dejan que un simple fisgón se entrometa en este feo asunto.

Con paciencia esperó hasta que la noche transcurriera. Los minutos se convirtieron en horas y, mientras la tormenta azotaba el poblado, las personas volvieron a sus casas. Curiosamente lo hacían en grandes grupos de por lo menos seis o cinco.

-Es por seguridad –explicó el cantinero, que se llamaba Robert-. Tienen miedo a ser atacados. Vamos, ya es hora.

Tom lo siguió de cerca hasta la mesa que le había señalado antes.

-Quédese por aquí… no me ha dicho su nombre, joven.

-Tom Ri… Gaunt. Me llamo Tom Gaunt.

Y bajo ese nombre, Robert lo presentó. Los demás hombres le dedicaron largas miradas calculadoras y llenas de desconfianza, pero Tom esperó paciente. Sabía como lidiar con las personas hostiles para terminar saliéndose con la suya. Ese era uno de sus muchos talentos especiales y siempre se lo habían reconocido.

"Encantador por naturaleza" solía decir el viejo Horace Slughorn, su antiguo profesor de pociones.

-¿Escucharon lo que anda diciendo el viejo farmacéutico? –preguntó uno de los hombres, sacando a Tom de sus recuerdos.

Los demás negaron con la cabeza y se dispusieron a escuchar con atención.

-Dice que salió dejar la basura y sintió que alguien lo vigilaba entre los arbustos –empezó acercándose más-. Cuando gritó pidiendo que se mostrara, una enorme criatura de ojos amarillos saltó unos increíbles cinco metros y se perdió calle abajo.

Algunos intercambiaron miradas incrédulas o murmuraron una maldición por lo bajo.

-Sabemos que el viejo no ve muy bien, además es propenso a moldear las historias a su conveniencia o agrandar los hechos. Quizás fue un simple gato y él armó todo para aparentar…

-¿Un gato, señor alcalde? -lo interrumpió el jefe de la policía-. ¿Insinúa que un felino doméstico es lo que perturba al pueblo?

-No estoy diciendo eso, sólo creo que el farmacéutico está exagerando –se explicó-.

-Un hombre no pudo haberlo hecho, excepto que sea un caníbal superdesarrollado.

Algunos rieron.

-Quizás fue el león del circo –sugirió un hombre sentado cerca de Tom-. Dicen que esos malditos gitanos lo dejan suelto para que case perros o roedores que se meten en el tren o en las carpas. Se su pone que está entrenado…

-¡Imposible! –Insistió el jefe de policía-. Ese roñoso animal apenas puedo sostenerse en pie ¡si lo matan de hambre! Recordemos que tres de las muertes se produjeron en hombres adultos y armados. Fácilmente podrían haberse defendido de ese león en particular.

El alcalde escupió en el piso y golpeó la mesa con el puño

-¡Malditos gitanos! Siempre supe que nos traerían problemas… son un montón de ladrones brujos que andan en cosas satánicas. Se dice que la chiflada que lee las hojas del té es una bruja de verdad ¡Ja! Como si tal cosa fuera posible.

Tom sentía la sangre invierno en sus venas. Sucios muggles, le hubiese gustado sacar su varita y demostrarle lo que un mago podría hacer con su gordo trasero, pero hizo acopio de toda su fuerza y se mantuvo en calma.

-Algunas mujeres le consultaron a la adivina –aportó Robert, el cantinero-. Ella les dijo que es un hombre-bestia aquel que llena el pueblo de terror.

-Vamos Rob, eres un hombre práctico. Esas cosas no existen.

-Mucho se hacen eco de esos rumores –siguió Robert-. Hablan de una criatura poderosa y brutal a la que sólo se puede abatir con armas especiales. Balas de plata benditas en una iglesia.

-¡Ja, ja! Es una locura.

-Además del farmacéutico, otros aseguran haber visto un animal más grande que un hombre promedio. Tiene pelaje enmarañado y grisáceo, casi plateado cunado la luz de la luna le da en la espalda.

Tom frunció el ceño pensativo. Quizás estos muggles no lo quisieran creer pero él estaba seguro de entender qué es lo que estaba pasando.

-Hombre-lobo –murmuró Tom.

-¿Cómo dice, joven? –preguntó el alcalde antes de tomar un trago de vino.

-Aquel que los está atacando es un hombre lobo.

Una cascada de risas fue lo que recibió como respuesta.

-No sea tan crédulo, en los pueblos siempre corren locos rumores. Usted es de la ciudad y puede confundirse pero…

-No estoy confundido –objetó Tom, con voz autoritaria haciéndolo callar-. Seguramente los ataques ocurrieron en luna llena y fueron actos salvajes. Licántropo, hombre lobo, como quieran llamarlo, de eso se trata y dudo que un montón de muggles como ustedes puedan contra él.

Sin necesidad de gritar o golpear nada Tom los había dejado mudos y pendientes de cada palabra. Él se puso de pié bajo las miradas atónitas de los demás.

-De hecho, el hombre o mujer que se transforma debe vivir entre ustedes. En el propio ceno de la comunidad está el asesino y seguirá siendo así hasta que descubran su identidad.

-¿Quién se piensa es a hablarnos así? –Inquirió el policía sacando un arma de su bolsillo-. Acaso es una especie de caza recompensas o sólo un lunático que pretende asustarnos.

-Soy algo que ninguna de sus pequeñas mentes sin magia entendería –respondió Tom-. Les estoy haciendo un favor al decirles qué es lo que los aqueja. Dentro de tres noches la luna estará llena y la bestia volverá por alguno de ustedes. Mi consejo ¡HUYAN!


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