27 jul. 2014

Capítulo 13


Ismelda le dio a Tom todo lo que pudiese necesitar para el viaje (le regaló oro, ropa lujosa y una libreta llena de direcciones con contactos de magos que lo ayudarían) y él volvió a Inglaterra.

Habían pasado años desde la última vez que pisó suelo inglés siendo un joven en busca de aventuras, pero ahora volvía convertido en un hombre astuto y habilidoso al que nadie podría detener.

Necesitó un modo de cruzar el canal y sabía muy bien a quien recurrir: Nagini, la hechicera que una vez le enseñó a recrear una peligrosa poción.

Ella se encontraba detrás del mostrador de la tienda, jugando con un pequeño niño que reía al ver como una enorme pitón se movía en una jaula, respondiendo las indicaciones de la bruja. Era su hijo, Tom notó que tenía los mismos ojos que Nagini.

Al entrar en la tienda la campañilla que colgaba tintineó haciendo que ambos levantaran la vista. Un minuto de silencio reinó en la habitación.

-Tom –murmuró ella, sonriendo-. Je pensais que je ne vous reverrai jamais.

-Pero aquí estoy.

-Luces diferente. –Ella rodeó el mostrador y contempló a Tom-. Bonita túnica, parece que te ha ido muy bien estos años. Todo un caballero.

-Más de lo que crees.

-Maman…

Los dos miraron al pequeño, que llamaba a su madre estirando los bracitos.

-Es mi hijo, Louis.

-¿Qué tiene? ¿Unos tres años?

-Cuatro para cinco –ella alzó al pequeño-. ¿Por qué lo miras así? ¿Piensas que podría ser tu hijo? –Preguntó en Parsel.

-¡Has estado practicando! –respondió con una risa siseante.

-Cada día.

El niño movía su cabeza mirándolos por turno, divertido ante aquel idioma.

-¿Y lo es? –inquirió Tom, divertido ante la idea.

-No, poco después de que te marcharas conocí a mi actual esposo, Yves, un buen mago y un gran padre.

-Tenías mucho potencial, podrías haber viajado y aprendido un montón de magia, como hice yo.

-Ser madre y esposa, no significa que estoy acabada, de hecho es un desafío diario –dijo ella, riendo-. Tendrías que probarlo algún día, sentar cabeza… cuando nace un bebé todo cambia.

Ahora Tom rió.

-Nunca seré padre, no es para mí. Tengo tantos planeas que trazar, tanto que lograr. Una familia sólo sería una carga. El poder que busco alcanzar requiere atravesar un camino duro y en solitario.

Ella lo miró con un dejo de tristeza.

-Has cambiado tanto… o quizás nunca logré conocerte del todo. ¿Qué mejor que compartir tus logros con alguien que ames?

Tom se dedicó a pasearse por el local, en un rincón encontró la vieja poción que una vez había llamado su atención.

-Tú, en cambio, conservas un fino gusto por la magia negra.

-Viejos hábitos –ella recuperó la sonrisa pícara-. Tengo que darle de comer a Louis, puedes esperarme aquí, aún no me has dicho para qué viniste.

-Quiero regresar a Inglaterra.

-Con que volviendo a casa ¿Eh?

-Podría decirse.

Ella se tomó su tiempo y Tom esperó, impaciente, apoyado contra una estantería.

-Listo, lo dejé entretenido con sus juguetes. Es un niño estupendo.

-¿Tienes preparado los polvos Flu?

-Siempre, el servicio de chimeneas es algo que está a punto, me encanta la sorpresa de encontrarme con gente interesante de improvisto –comentó, acercándose a él y jugando con el cuello de piel de su túnica. Aún no me respondiste.

-¿Qué cosa?

-¿Qué mejor que compartir tus logros con alguien que ames? Porque tiene que haber alguien que haya conquistado tu corazón

Amor pensó Tom Otra vez ese sentimiento que no hace más que entorpecer los demás sentidos e impedir que alcancemos nuestro potencial

-Mis logros serán admirados, no compartidos –dijo-. Cuando llegue el momento muchos pronunciarán mi nombre y temblarán.

-Tom…

-No –sujetó las manos de la bruja y las apartó-. No dirán Tom Riddle, crearé un nombre que les paralice la lengua, que les hiele el espíritu cada vez que lo escuchen.

Ella parecía confusa, su semblante dejó de lado toda expresión cariñosa para remplazarla por una mueca de enojo.

-No entiendo tu comportamiento, pensé que lo que vivimos significó algo importante para ti.

-Nunca amé a nadie, no necesito hacerlo.

-Entonces, no tienes más nada que hacer aquí, vete –ella rebuscó en una caja y sacó los polvos Flu-. Toma.

La chimenea prendió sola, iluminando el lugar.

-Al principio deseaba que Louis fuera hijo tuyo, te quería de verdad –comentó mientras Tom se preparaba para irse-. Ahora, agradezco que no fuera así.

-¡Londres! –gritó él, desapareciendo en un mar de llamas verdosas.

Se sentía tonto por no haberlo pensado antes, sus Horrocruxes no estarían seguros guardados en un bolso, como recientemente pudo comprobar, tenía que esconderlos y darles la máxima protección posible. Cada uno en un sitio especial que sólo él pudiera relacionar y eventualmente volver a encontrar.

El anillo que le había quitado a Morfin Gaunt el día que mató a su padre y abuelos volvería a reposar en pequeño Hangleton. Nadie más conocía a su familia, de hecho nadie sabía nada sobre su pasado y así se quedaría. ¿Quién podría pensar que un gran mago como él tendría relación tan sucios muggles? Resultaba imposible establecer una conexión entre su persona y ese pequeño pueblo escondido a la sombra de su tocayo mayor.

Apenas unos miles de habitantes vivían en pequeño Hangleton, muchos de ellos trabajaban en otro lado o se mudaban cuando podían hacerlo y luego de que Tom matara a los Riddle un espantoso susurro se esparció lentamente en el imaginario colectivo, convirtiendo a la antigua casa familiar en un objeto tenebroso, un lugar dónde latía algo malo y que ni siquiera podía conservar al mismo propietario por mucho tiempo.

Una noche apareció al lado de una taberna en plena actividad. Las ventanas proyectaban una luz opaca a través de sus vidrios de colores y se podía escuchar las risas provenientes del interior. Tom se acomodó el bolso antes de emprender la marcha en dirección a la salida del pueblo, dejando "El ahorcado" atrás, no iba a tomarse unas copas en un lugar lleno de escoria muggle.

El lugar estaba silencioso, nadie se interpuso en su camino mientras recorría las callecitas empedradas hasta salir del conglomerado de casas. La mansión de los Riddle, que alguna vez fue el hogar de su familia paterna se alzaba recortada contra la oscuridad de la noche. En lo alto de la colina era imposible no verla desde todos lados, como una especie de vigilante imperturbable. Más allá había una pequeña capilla rodeada de tumbas y a un costado pasaba el camino que bordeaba la propiedad hasta la cabaña de los Gaunt.

La reja de hierro fundido se abrió con un chirrido ni bien Tom se lo ordenó con su varita. Planeaba pasar la noche dentro de la mansión para esconder el horrocrux por la mañana.

Los terrenos se ondulaban y la vegetación salvaje avanzaba sin escrúpulos. Parecía que alguien intentaba impedir que algunos arbustos perdieran la forma o que las fuentes se llenaran de hojas, pero estaba perdiendo la batalla.

La mansión que otrora había sido una lugar hermoso y solariego se veía decrépita. Tom recordó la tarde que se coló por la cocina para cometer el asesinato. En aquel entonces se preguntaba si sería buena idea quedarse con la casa, que de hecho le pertenecía, ver tanto lujo y esplendor lo tentaron. Después de todo él creció en un orfanato privado de la mayoría de las cosas cuando su padre era un rico aristócrata que podría haberle dado cuanta comodidad se le ocurriera y cumplido con sus caprichos.

Por suerte se resistió y ahora agradecía haberlo hecho. No imaginaba su vida siendo criado en un hogar muggle, donde constantemente recordaría que era un sangre mestiza.

No quedaba mucho de la casa de los Gaunt, la enredadera que crecía sobre la construcción había hecho mella en las paredes y aberturas invadiendo el interior. Los vidrios estaban rotos, la puerta salida de sus goznes y a medio podrir e incontables alimañas habían anidado allí, desde termitas, ratones, pájaros incluso serpientes.

Tom lo veía perfecto para sus fines, con muchas dificultadas entró a lo que quedaba del interior y observó por unos instantes hasta dar con un montículo de piedras que estaba en el piso.

Se quitó del dedo el anillo y lo depositó con cuidado. Allí, bajo todos los hechizos y maldiciones que colocaría estaría a salvo para siempre, conteniendo un pedazo de su alma y asegurando su inmortalidad.

Quien quiera que sea tan habilidoso como para llegar a tocarlo sufrirá una agonía terrible, una maldición que irá consumiendo su carne hasta podrirlo por completo pensó Tom, sombrío.

-Nékros Lysis

Salió al exterior, frunciendo en ceño a causa de la repentina luz solar.

-Protego totallum. Repello muggletum. Repello inimicum.

Cerró los ojos dejando que todo su poder fluya por la varita. Jamás alguien podría llevarse el Horrocrux.

-Salvio Hexia. Desillusion. Impervius.

No iba a dejar ningún cavo suelto. Cada posible punto débil lo cubriría con su hechizo correspondiente.

El sol del mediodía le quemaba la nunca. Llevaba toda la mañana en la cabaña de los Gaunt comprobando el resultado de su tarea. Hasta no estar satisfecho no se marchó del lugar. Sentía que dejaba atrás algo importante, pero al mismo tiempo estaba seguro de que había tomado la decisión correcta. Ahora debería encontrar un escondite para la copa de Hufflepuff y para su primer Horrocrux, el diario que utilizó en durante su permanencia en el colegio.

-¡Howarts! –murmuró dando se cuenta de algo.

Si pudiera encontrar la forma de entrar en el castillo y dejar en alguno de sus rincones uno de los Horrocrux, sería más que especial. El colegio era un baluarte de la magia antigua y él había descubierto muchos de los secretos que aguardaban entre las paredes del establecimiento.

El problema es que ahora el director era Albus Dumbledore, en vez del viejo y confianzudo Dippet. Tom no se sentía a gusto con su antiguo profesor de Transformaciones, siempre le había generado rechazo.

Desde el día que lo conoció en el orfanato supo que no congeniarían. Los ojos cristalinos del profesor lo analizaron como rayos X y jamás dejaron de observarlo. Él había sido un niño ingenuo al contarle tanto sobre si mismo, lamentaba profundamente haberle rebelado ciertos detalles, pero quiso impresionar a ese hombre con porte regio y habilidades mágicas excepcionales. Mientras que los demás profesores lo adoraban y estaban convencidos de la honestidad e inteligencia del huérfano Riddle, Dumbledore pudo llegar a ver su espíritu manipulador y carente de la habilidad para amar o sentir empatía. Él no cedía ante los encantos de Tom y se mostraba reacio a colaborar él, vigilándolo siempre y pregonando que el amor y la fraternidad eran las mejores herramientas con las que contaba un joven mago para afrontar la vida.

El actual director no querría verlo regresar al castillo.


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