27 jul. 2014

Capítulo 12



Encontrar al escurridizo ladrón le tomó tres días. Había empezado a desesperar y ya no le quedaban muchas cartas que jugar, pero el destino fue benévolo con Tom. La cálida noche primaveral apenas había oscurecido el cielo y sólo brillaban un par de estrellas cerca de la luna cuando dio con el paradero de Hafthor.

En un callejón alejado del centro se alzaba un conjunto de precarias casuchas de cartón y papel, los adoquines del suelo estaban llenos de basura que iban arrinconando contra las paredes de los edificios y la única luz provenía de un fuego mágico que crepitaba en medio de un círculo de borrachos. Los cuatro hombres entonaban canciones entre trago y trago o reían escandalosamente recordando sus hazañas como rateros.

Tom se acercó con cautela, apuntando a Hafthor con la varita. Como este estaba de espaldas fue el último de los presentes en percatarse de la presencia del joven.

-¡Largo! –exclamó un viejo de aspecto enfermizo.

-Con ustedes nada… mi asunto es con él. –Tom señaló a Hafthor con la varita-. Déjennos solos.

Los cuatro cruzaron miradas vidriosas mientras cavilaban sus posibilidades. No les tomó mucho darse cuenta de que, si bien tenían ventaja numérica, nada podían hacer frente a un mago sobrio y armado.

-¡Muchacho! –dijo Hafthor, poniéndose de pie a duras penas-. No seas rencoroso. Estaba enojado por eso tomé tus cosas –se excusó sin sacar los ojos de la varita-. Si me permites, te traeré tu bolso… ¡Ah! Aquí tienes tu copa. –le pasó el reliquia de Hufflepuff, donde al parecer había estado bebiendo.

-No se mueva –advirtió Tom, con voz siséante, asqueado por el uso que habían hecho de ese preciado tesoro.

El ambiente era tenso y parecía que nadie respiraba. Los vagabundos se debatían en quedarse y apoyar a su compañero o huir del lugar antes de que salieran perdiendo ellos también. Parecía que no podían moverse, estaban embelesados con la escena.

-Pagarás muy caro tu estupidez. Nadie me roba sin consecuencias.

Desesperado ante un eminente castigo Hafthor sacó un cuchillo de entre sus ropas e intentó cortar a Tom, pero su intento fue en vano ya que su oponente lo bloqueó con facilidad.

-Expelliarmus.

El cuchillo giró por los aires y cayó entre la basura.

Los otros hombres se pusieron de pie pero Tom los amenazó con su varita y decidieron rendirse sin más.

-Estas solo, Hafthor. Vas a morir y nadie se preocupará por tu patético cuerpo inerte en este basurero. Tu miserable vida acaba aquí.

-Soy un viejo, ten piedad.

-No, no –negó suavemente, disfrutando al verlo pálido e indefenso contra la pared-. Tú único consuelo es que decidí hacerlo rápido.

-Piedad, muchacho… Tom…

El mago hizo una mueca, últimamente le desagradaba más de lo usual su nombre y al oírlo de la boca de aquel canalla se sintió ajeno, como si no estuvieran hablando de él.

-Por favor, Tom -Se puso de rodillas y al hacerlo el relicario de Slytherin se salió de entre sus ropas.

-¡¿Cómo te atreves a usarlo?! –gritó enojadísimo. Ver la preciosa herencia de Salazar colgando en el cuello de ese hombre lo descolocó-. Avada Kedravra.

Cada célula de su cuerpo festejó al sentir la poderosa maldición proyectarse por la varita y golpear a Hafthor justo en medio del pecho, cuyos ojos abiertos por la sorpresa vieron por última vez un rayo de luz verde que iluminó tenebrosamente el lugar.

Con un golpe sordo el cuerpo se desplomó, ya sin vida.

Tom estaba eufórico, hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien. El hecho de tener en sus manos el poder de la vida y la muerte lo llenaba de placer. Él podía decidir qué hacer y a sus rivales sólo les quedaba someterse a su voluntad.

Resultaba indescriptible la sensación que la maldición asesina producía en el cuerpo al invocarla. Una mezcla de adrenalina y satisfacción que, cuando se combinaba con el odio que sentía ante sus víctimas, lo llenaban de dicha.

Sin pensarlo, sus pies lo guiaron de vuelta a la mansión de Ismelda. La enrome estructura se recortaba contra el cielo con majestuosidad y tranquilidad. Algunas ventanas brillaban doradas pero nada indicaba que hubiese una fiesta, al parecer todos dormían y Tom así lo prefería.

En el camino se le habían ocurrido algunos planes interesantes. Extrañamente el encuentro con Hafthor le dejó un gusto amargo que sólo pudo pasar cuando se le reveló ante sus narices una práctica idea: debía ocultar sus Horrocruxes. No en cualquier lado, tendría que pensar locaciones especiales que estuvieran a la altura de lo que albergarían y tendría que protegerlas con todo el arsenal mágico que dispusiera.

Como esto modificaba sus planes originales de partir hasta Albania inmediatamente, dejando atrás su cómoda vida en Viena, tendría que pulir sus habilidades de seducción y reconquistar el favor de Ismelda, ya que la mujer jugaría un papel importante en su futuro.

Después de tomar un buen baño de burbujas, esperó a Ismelda en el jardín, usando su mejor túnica (seda verde oscura y botones de oro), botas de cuero blando y un peinado prolijo hacia el costado se sentó a la sobra de un rosal. Jamás se había visto más atractivo e Ismelda lo notó inmediatamente.

Ella caminó hacía él con enojo, pero se detuvo ni bien lo vio. Un ligero rubor apareció en sus empolvadas mejillas, aunque intentó mantener la compostura y sonar enfadada.

-Desapareciste por tres días. Ni una nota me dejaste –espetó, aunque el efecto de su tono se perdió cuando se retocó el cabello con coquetería.

-Is, lo lamento, fue una emergencia.

-Nada de eso, me tenías preocupada.

Tom hizo aparecer una rosa blanca con su varita y se la ofreció.

-Un regalo hermoso para una dama hermosa.

-¡Oh! Ahora intentas persuadirme siendo galante. –Tomó la flor y la olió-. Casi funciona, pero tendrás que esforzarte más.

Tom le dedicó una media sonrisa, aceptando el reto.

-Siéntate a mi lado –pidió palmeando el banco de madera dónde se encontraba.

Los elfos se apresuraron en traer una bandeja con el desayuno: abundantes frutas de estación, té, café, leche, cereales y chocolates dispuestos en platitos de porcelana esmaltada.

-Que bonita sorpresa –dijo ella, con el rostro iluminado.

Tom se relajó en su asiento mientras los elfos terminaban de prepararlo todo, luego los echó, quedándose a solas con Ismelda quien no podía quitar los ojos de las bellas facciones del mago.

-Desde que nos conocimos, Tom, no ha habido nadie más quien merezca mi atención –comentó, tomando una mano de él entre las suyas.

-¿Y qué me dices de ese joven con el que bailabas tan entretenida el otro día?

-No seas tonto –respondió ella, apartándole una mechón de cabello del rostro-. Es insignificante. Hacía mucho tiempo que no deseaba a un hombre como lo hago ahora, y fuiste tú quien despertó ese sentimiento.

-Eres una bruja muy hermosa, Is.

Ella rió ruborizada.

-Lamentaré el día que tenga que marcharme…

-¿Por qué harías eso? ¿Acaso aquí no tienes todo?

-En estos días entendí que mi destino es hacer del mundo mágico un lugar donde sólo quienes tengan la sangre limpia puedan ser realmente libres de obrar como quieran, dominando a quienes no merezcan llamarse magos debido a sus orígenes sucios.

-Cuando hablas así me haces acordar a mi difunto esposo, Tom. Tienes el mismo brillo en los ojos que él… por eso me gustas.

Ismelda se recostó sobre el pecho del joven, extasiada.

-¿Puedo pedirte un favor? –le murmuró al oído.

Ella asintió

-Préstame dinero para volver.

-¿Sólo eso? Querido, eres muy modesto. Tendrás todo lo que necesites sólo si me prometes regresar –ella se apartó y lo miró a los ojos.

-Lo haré –juró Tom, aunque en el fondo sabía que no sería así.

Ella relajó el rostro y se apoyó de nuevo en él.

-Es lo que quiero… a ti, y si para tenerte primero tengo que dejar que te marches, de ninguna manera permitiré que vuelvas a pasar hambre.

-Tengo que marcharme cuanto antes, será peor si me atraso.

-Claro, lo entiendo –murmuró, volviendo a apoyarse en Tom-. Aunque primero tienes que hacer algo por mí.

Tom no contestó enseguida, detestaba hacer favores. Tomó aire y preguntó a qué se refería.

-Después de la cena te estaré esperando en mi habitación… quiero que pasemos nuestra última noche juntos.

Se hizo un silencio que se prolongó largo rato, mientras ella esperaba una respuesta y él se debatía en su interior.

No quería acostarse con ella pero algo le decía que sino lo hacía los favores de Ismelda se acabarían mucho más rápido de lo que le convenía. Por otro lado estaba la posibilidad de matarla y marcharse, pero le servía más viva que muerta. Una mujer como Ismelda sería capaz de remover cielo y tierra con tal de beneficiar al objeto de su amor

Que bueno que no soy proclive a experimentar esa clase de sentimientos que emboban el espíritu de un mago. Con la magia oscura se puede llegar más lejos sin la necesidad de doblegarse ente la voluntad de tales pasiones que sólo debilitan el cumplir los objetivos pensó Tom, asqueado con el denso perfume floral de la mujer.

-¿Y? –insistió ella, acariciándole el cuello.

-Déjame sorprenderte.

La habitación de Ismelda era un de los lugares más lujosos de la casa. Tom nunca había entrado y al hacerlo no pudo evitar contemplar la exquisita decoración. Excesivamente recargada de adornos, tapetes, jarrones y lámparas de oro todo tenía un aspecto muy barroco, como si fuese un antiguo museo. Las ventanas iban desde el piso al techo cubiertas por cortinas de terciopelo rojo, impidiendo que se colara la luz de la luna llena que iluminaba el exterior.

-Prefiero hacerlo en la penumbra –dijo Ismelda, apoyada en una de las columnas del dosel de su cama.

Tom no se movió de donde estaba, sintiéndose un poco incómodo.

-No seas tímido…

Ella le tendió una mano invitándolo a acercarse. Vestía una bata de seda rosada y nada más sobre su cuerpo esbelto. El cabello suelto caía en cascada por su espalda.

Tom serpenteó por el abarrotado lugar y le besó la mano extendida, decidiendo tomar las riendas de la situación. No iba a permitir que alguien o algo lo incomodaran, él era un gran mago y sería quien dominaría la situación.

Ismelda se dejó guiar hasta la enorme cama y se tendió sobre el colchón, desabrochándose algunos botones. Tom se quitó la túnica por la cabeza y la dejó caer al piso. Aún con la poca iluminación Ismelda pudo ver la red de cicatrices que le cubrían el cuerpo.

-¿Querido, qué te sucedió? –preguntó, preocupada, recorriendo con sus manos el torso desnudo de él.

-Magia –dijo por toda respuesta con voz sensual.

La tomó por la cintura y la obligó a quedarse acostada mientras sus labios compartían un beso posesivo.

Ismelda le pasó los dedos por el cabello, lujuriosa al sentir como él le recorrían cada centímetro de su cuerpo. Había imaginado esa noche desde que conoció a Tom en el bar y ahora por fin sus deseos se materializaban en suaves caricias y húmedos besos.

Ella permanecía recostada con la bata de seda suficientemente desprendida para dejar a la luz sus senos blancos y grandes, que se sacudían con cada embestida.

Tom entrelazó sus manos con las de ella y las llevó sobre la cabeza de la bruja que cerró los ojos extasiada. Una oleada de placer los invadió a ambos al mismo tiempo.

Ella no quería que eso terminara jamás, hacía tiempo que no estaba con un hombre y menos con uno tan seductor y guapo como aquel. Quería que fuera suyo para siempre y que él la poseyera una y mil veces más.

Ismelda gimió al sentir sus labios besarle el cuello. Eran besos fríos, feroces, pero eso lo volvía más erótico. Abrió los ojos para contemplar los rasgos perfectos de Tom cuyo rostro era apenas visible en la penumbra. El joven tenía la mirada perdida y relajada, apretando los labios cada vez que la penetraba. En cierto momento, creyó ver un destello rojo en los ojos de Tom, pero enseguida quitó eso de su cabeza. No era posible.

Los dos terminaron juntos, entre gemidos y temblores. Tom se recostó al lado de Ismelda, sin mediar palabra y enseguida se durmió.

-Te estaré esperando–susurró ella, sintiendo las lágrimas agolparse en sus parpados.



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