27 jul. 2014

Capítulo 11



Ismelda se llamaba la señora y enseguida congeniaron.

Ella era culta, altiva y una muy buena hechicera. Todas las tardes, por las siguientes dos semanas, invitó a Tom para que almorzaran junto o cenaran en el bar donde se habían conocido.

Tom se presentaba como un aventurero de clase media que dormía en un hotel cerca de allí, pero la realidad era que seguía pasando las heladas noches en el banco del parque, generalmente, visitado por Hafthor para supervisar los avances del joven. El vagabundo era difícil de evadir y parecía tener ojos en toda la ciudad porque siempre sabía dónde estaba Tom o qué había estado haciendo.

Una tarde, Ismelda, que se había ataviado con un apretado vestido negro, le propuso pasar unos días en su casa.

-Te ves muy delgado y pálido. Quizás no estás durmiendo en un buen lugar y yo tengo de sobra.

Ismelda vivía rodeada de lujos y no dudó en compartirlos con Tom. Ella parecía encantada de aparecer en las fiestas o salones nocturnos con un joven tan apuesto a su lado y proveía a Tom de todo lo que necesitara, desde ropa elegante, cenas abundantes, hasta pase libre para hacer lo que quisiera en la mansión y enriquecedoras charlas con todo tipo de magos o brujas que los visitaban constantemente.

-¡No es posible! –dijeron las mujeres asombradas.

-Claro que sí –rectificó decidido, un mago anciano que apareció una tarde a tomar el té junto con su hija-. Volar sin ningún objeto que ayude, es factible.

-¿Cómo? –preguntó Tom, interesadísimo en el tema.

-¡Ah! Está todo aquí. –Sacó un manojo de pergaminos-. Mi teoría sobre vuelo humano, toma, lee y dime que te parece.

-¡Oh! Padre, no puedo creer que cargues con eso todo el tiempo, dudo que alguien quiera…

-Lo leeré –aceptó Tom.

Y le resultó interesantísimo, anotó sus propias ideas o mejoras, seguro de que podría lograr volar si se ponía a practicar.

Luego de una noche de fiesta, música y excesos, Tom se despertó con un terrible dolor de cabeza. Recordaba fragmentos de lo sucedido pero a medida que recorría la mansión con su túnica de gala mal colocada, iba encontrando personas durmiendo en los sillones, restos de copas o bebidas derramas por el suelo y platos con pedazos de mazapán u otros dulces que habían servido y ahora eran restos desperdigados por todos lados.

Llegó hasta la biblioteca, la habitación ya había sido aseada y el fuego crepitaba en la chimenea, volviendo muy calido el ambiente.

Con calma contempló el hermoso lugar, era realmente muy cómodo y tranquilo. Los libros se apilaban en elaboradas estanterías que tendrían unos tres metros de alto, el piso lo cubrían varías alfombras mullidas y los sillones abundaban, desde pequeñas butacas redondas hasta grandes divanes llenos de almohadones. Sobre la chimenea de mármol y oro habían colocado un cuadro al óleo de Gellert Grindelwald, acompañado por un hombre bajito y regordete, que era el difunto marido de Ismelda. Ambos se movían dentro del cuadro o hablaban entre si, murmurándose al oído.

Tom no les prestó atención y se enfrascó en la lectura de un enorme volumen negro, que reposaba dentro de una vitrina. Últimamente leía mucho y muy concienzudamente cimentando en poco tiempo nuevas ideas que reflejaban lo que realmente pensaba.

-¿Sentiste el llamado de ese libro? –preguntó Ismelda, desde el umbral.

-No usaría esa expresión, pero verlo aquí dentro significaba que era algo de mucho valor.

-De hecho, es lo más valioso que guardo en esta casa. Mi padre recopiló en él las ideas de Grindelwald… me enorgullece que lo leas ¿por qué capitulo vas?

-El cinco –respondió, mientras ella se acercaba con paso seductor. Tom pudo ver un brillo entusiasta en su mirada-. "Un buen mago comprometido con su comunidad, debe ser capaz de llegar a cualquier extremo si su fin es el bien mayor, incluso tener la frialdad para matar a sus padres o hijos, en caso que estos entorpecieran el deber…"

-¿Podrías hacerlo? –inquirió ella, perspicaz. Despedía una mezcla de olor a perfume florar y whisky.

Tom recordó fragmentos de un atardecer lejano. Años atrás, mientras el sol se ocultaba del otro lado de la colina y el crepúsculo engullía lo que quedaba de esa bonita tarde, un joven mago se colaba en la gran mansión para encontrarse cara a cara con quienes nunca quisieron conocerlo. Los tres muggles hallaron su fatal destino siendo alcanzados por la maldición asesina y el joven se había sentido satisfecho, como si al fin hubiera logrado deshacerse de algo muy pesado que no lo dejaba avanzar.

-Ya lo hice –afirmó con sonriendo con una mueca macabra.

Ella no lo juzgó, en su lugar, asintió comprensiva.

-La cabeza me estalla –comentó, llevándose las manos a la frente-. Querido, anoche fue un descontrol... pero me gustaría que hablemos más sobre esto. –Señaló el libro con cariño-. Veo gran potencial en ti, y se que apreciarás cada palabra escrita por mi padre. Según él, si existen ideas constructivas se presentan en las mentes jóvenes, como la tuya.

Desde luego Tom aceptó la oferta, ya que era verdad que ese libro era más que interesante. Muchas cosas que él mismo pensaba estaban allí, volcadas en tinta, expresadas con claridad y pasión.

Así fue como cada tarde ambos pasaban un largo rato debatiendo sobre pensamientos e ideas que compartían. Tenían en claro la superioridad de la sangre mágica y la importancia de que esta permaneciera pura, sin ceder ante la contaminación paulatina de los muggles. Todas las criaturas mágicas debían respetar a los magos porque estaban por debajo de estos y al final, los muggles tendrían que aceptar la magia o morir ante ella.

Ismelda, que pertenecía a una estirpe de magos y brujas que se remontaba siglos atrás, era muy determinista con respecto al lugar que ocupaban los sangre sucia.

-Tenemos que asegurar que nuestra comunidad prospere y progrese siempre bajo la pureza de la sangre, eliminando de raíz a los débiles, mestizos e impuros que contaminan las familias y envenenan las jóvenes mentes con ideas de igualdad.

-Estoy de acuerdo –asintió Tom efervescente-. Si tenemos un objetivo firme, debemos avanzar sin temor.

-Lamentablemente, no contamos con alguien a quien seguir –comentó ella, sugestiva-. Se necesita un líder que se levante por todos. No importa dónde hayamos nacido si compartimos la misma sangre, debemos unirnos.

Tom no dijo más nada, siempre se había planteado la posibilidad de armarse de un sequito y difundir sus ideas, pero hasta el momento no se sentía realmente preparado para hacerlo. Contaba con una gran habilidad para persuadir y dominar las mentes inferiores o débiles, además de un cerebro privilegiado e incontables recursos mágicos, aunque algo faltaba. Tendría que asegurar su propia inmortalidad antes que nada; si quería que sus ideas perduraran por siempre tendría que estar al frente para toda la eternidad.

Y eso lo lograría conquistando la muerte al dividir su alma en siete pedazos, estaba seguro de ello, el problema era que aún le faltaba encontrar los objetos que resguardarían su esencia. Quería llevar a cavo el peligroso hechizo en una circunstancia especial, se negaba a cometer tan importante acto de manera presurosa por el simple deseo de acelerar el proceso.

La popularidad de Tom creció hasta convertirse en el hombre del momento. Todos hablaban de él, las mujeres le guiñaban los ojos, le enviaban invitaciones y le murmuraban cosas picantes al oído. Aunque Ismleda siempre estaba presente, resguardándolo con celo pero Tom no parecía interesado en ninguna mujer, ni siquiera en la misma Ismelda, quien hacía lo imposible por recibir una caricia del joven. Muchísimas veces intentó acostarse con él o robarle un beso, pero Tom sabía como evitarla.

Después de una agradable velada en el mejor restaurante mágico de Viena. Tom e Ismelda salían envueltos en capas de piel negras cuando un diminuto elfo doméstico se acercó con timidez. Le tendió una tarjeta a Tom y murmuró que era de su ama, mientras la señalaba. A pocos metros una mujer esperaba disimuladamente al lado de la entrada. Tom recordaba haberla visto en una mesa cercana, ataviada con un ajustadísimo vestido azul y con el cuello cubierto de diamantes que caían sobre su generoso busto.

El mago, indignado, rompió la tarjeta y le ordenó al elfo que se alejara.

-¿Qué decía la tarjeta, querido? –se interesó Ismelda al ver que él tiraba los pedazos a la basura con mala cara.

-Quería… me quería a mí –respondió-. Una noche con migo a cambio de oro.

El invierno pasó y la cálida primavera hizo florecer hasta la última planta del jardín. Tom, bebía café en el pintoresco balcón contemplando la hermosa vista de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. Se sentía muy cómodo y a gusto allí, pretendía quedarse todo el tiempo que pudiera pero algo andaba mal, últimamente Ismelda estaba más distante y se enojaba con facilidad.

-Vamos a dar una fiesta para Halloween –informó ella, apareciendo en el balcón-. Algo grande, para unas cien personas. Ya puse a los elfos a trabajar en los preparativos.

-Perfecto…

-Esta noche voy a cenar con un nuevo… amigo –comentó, esquiva-. No podrás acompañarme.

-Como gustes –respondió Tom, aliviado por no tener que ir.

-¿No quieres saber quién es? ¿No te importa?

Tom se encogió de hombros.

-Espero que se lo pase bien –respondió, volviendo a su café.

-Tendrías que interesarte un poquito más si quieres seguir viviendo aquí. No todo es recibir, en algún momento tendrás que dar algo a cambio o empacar. -Ella lo contempló por unos segundos, como si lo estuviera viendo bien por primera vez, y se marchó furiosa.

La noche del 31 de octubre, la mansión se llenó de invitados. Habían decorado cada rincón con calabazas talladas, telas de arañas y murciélagos de verdad que se juntaban en las esquinas oscuras. Las velas negras iluminaban con luz cálida el salón de baile y el comedor acogía una mezcla variopinta de magos, brujas e incluso algún que otro vampiro.

Halloween era el día festivo predilecto de Ismelda y por ellos no había privado de nada a sus invitados. Corrían ríos de champagne, vinos carísimos y Schnapps servido en vasos de cristal. La comida se ofrecía en bandejas cargadas por varías docenas de elfos domésticos. Tom encontró desde pavo relleno hasta empanadas, pasteles, carne asada condimentada con salsas especiadas y muchas cosas más que no llegó a probar.

Ismelda bailaba con un joven rubio en medio de la pista, bajo la mirada de todos, incluso de Tom que bebía vino apoyado en una columna.

-Señor –llamó con timidez un elfo doméstico-. Lo buscan, señor. El hombre dice ser su amigo…

-Yo no tengo amigos.

-Señor, disculpe, señor, pero se mostró muy insistente.

-Vete, sucia criatura, deja de incordiarme.

Antes de que pudiera dar otro sorbo de vino, el elfo volvió con una expresión aterrorizada en el rostro.

-Señor, lo lamento, señor, pero el hombre me dijo que le avisara que Hafthor, quiere decirle algo…

-Llévame con él –ordenó, dispuesto a maldecir al vagabundo por atreverse a llegar hasta la mansión.

En la atareada cocina llena de elfos que preparaban la comida, lavaban copas o sacaban botellas de champagne y las colocaban en cubeteras con hielo, estaba parado Hathor. Desentonaba en contraste con el entorno brillante y limpio de cerámicas blancas y cortinas a juego.

-¡Qué buena vida estás llevando!

-No tengo tiempo, me esperan arriba…

-Muchacho, ¿Esa es forma de recibir a tus viejos amigos?

-Usted no es nada… ¡Fuera, Elfos! –ordenó con autoridad.

Cuando los dejaron solos, sacó su varita y apuntó sin rodeos al vagabundo.

-Tiene un segundo para decirme a qué vino.

-Quiero un poco de todo esto –abarcó con las manos la cocina-. Estoy cansado de vivir en el parque y parece que tú tienes bastante lugar aquí. Me pasé el helado invierno congelándome, comiendo sobras. –Tomó un pastel de manzana de una bandeja y se lo comió de un bocado-. Mientras… -tragó con esfuerzo-. Mientras tú disfrutabas de todo esto…

-Tu suerte fue echada y te tocó lo que tienes. Acéptalo.

-¡Ja! Desagradecido… habrás engatusado a Ismelda, pero dudo que le alegre enterarse de que mentiste.

Tom río con una risa fría, falsa.

-Jamás prestará atención a alguien como tú, menos en contra mía.

-No te confíes demasiado, muchacho –advirtió con voz desafiante-. Por lo que sé, ya anda colgada del brazo de otros jóvenes, te borrará de un plumazo cuado menos lo esperes… siempre hace lo mismo y tú, no serás la diferencia.

Ambos se miraron a los ojos, sin decir nada. Tom quería lanzarle una maldición y verlo retorcerse de dolor en el piso, pero antes de que pudiera hacer, algo el vagabundo se marchó por la puerta de servicio.

De ahora en más tendría que andarse con cuidado, apenas se le presentara una ocasión acabaría con él.

La mañana siguiente otra vez reinaba el caos de una forma silenciosa y desprolija. Restos de comida, manchas de bebida y varios borrachos que dormitaban tanto en el suelo como en sillones o camas. La decadencia se imponía en la normalmente impoluta mansión.

Tom se encerró en la biblioteca, se sentía mejor acompañado por libros y una buena taza de café.

Cerca del medio día, subió a su habitación y descubrió que estaba revuelta. Los cajones y muebles abiertos con la ropa desordenada, la cama y el colchón corridos. Habían vaciado los papeles del basurero en el suelo, derramado un frasco de tinta sobre la alfombra y la ventana abierta de par en par dejaba entras el cálido aire del exterior.

Tom enfurecido se dijo que iba a castigar severamente a los elfos domésticos por no impedir que alguien hiciera aquello.

Cuando se dispuso a llamarlos encontró a uno de los sirvientes tirado en un rincón con una profunda herida en la cabeza y restos de cristal en la ropa, como si alguien hubiera roto una botella contra su cabeza. El líquido empaba las ropas sucias del elfo con un olor fuerte a alcohol.

-¡Ennervate! –dijo Tom, y de inmediato la criatura recobró el sentido-. ¿Quién hizo esto?

El elfo parpadeó hasta poder comprender de qué le hablaban. Sus ojos reflejaron el temor al ver a su amo enfadadísimo en medio de aquel desorden.

-¡Habla, alimaña!

-Señor, no lo recuerdo, señor… un hombre sucio entró por la cocina, señor… lo seguí hasta aquí pero me golpeó y no sé más nada…

-¡Crucio!

La criatura gritó con voz chillona hasta que Tom cortó la maldición.

-Vete.

Con prisa rebuscó hasta darse cuenta de que lo único que faltaba era su bolso. Aquel que siempre lo había acompañado en sus viajes y dónde guardaba las reliquias de los fundadores y sus Horrocruxes.

Un frió le recorrió el cuerpo. Se quedó pálido ante la posibilidad de que sus preciadas creaciones estuvieran en manos de cualquiera. No, una idea apareció de repente, gritando el nombre del culpable.

-¡Hafthor! –murmuró e inmediatamente resonó en su cabeza la voz del hombre.

-¿Qué tienes aquí adentro? –Había preguntado el vagabundo, sosteniendo el bolso de Tom-. Pesa muchísimo

Se quedó (pasmado) sujetando su varita con mucha fuerza. Un gran odio empezó a hervir en su interior. Le costaba creer que un mago vagabundo, sin varita y borracho se atreviera a robarle a él. A él que era el heredero de Slytherin, el primero de su clase, un hechicero (capas) de empujar los límites de la magia más allá que ningún otro.

Iba a encontrarlo. Iba a torturarlo. E iba a matarlo lentamente, escuchando sus súplicas hasta que rogara morir.

Tom rió desquiciado, el plan le sabía dulce en la boca. Hacía mucho que no estaba tan contento por algo y no veía la hora de volver a usar su "Avada Kedavra"


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