10 jul. 2014

Capítulo 9

Vivir en el hostal del señor Arúspico no era cómodo ni agradable, y su huraño propietario solía permanecer largas jornadas encerrado en el sótano haciendo valla a saber qué o trabajando en el cementerio.

En cuanto a Tom, los días se le pasaban mientras vigilaba sus pertenencias, intentaba comer la insulsa comida que le servían o leía los libros que encontraba esparcidos por todos lados (qué eran muy interesantes).

Después de casi dos semanas, en las que gracias al hechizo "Legisinaporia" (que le permitía hablar con el viejo mago) llegó el momento de poner manos a la obra.

Habían escuchado la noticia de que una anciana del lugar estaba agonizando y pronto moriría, lo que le daría un cadáver propicio para realizar sus experimentos.

-No podemos usar cuerpos que lleven más de una semana en estado de descomposición, los efectos no son los mismos y los resultados son paupérrimos –le advirtió el viejo-. Tenemos que esperar a que alguien muera pronto o tendremos que recurrir a la varita y hacer nosotros el trabajo, pero la verdad, disfruto mucho los velorios como para perdérmelos y no queremos que se levanten sospechas ¿no?

A Tom no le quedó más remedio que armarse de paciencia y soportar el lento pasar del tiempo. Él no tenía idea sobre el oscuro arte de la necromancia, pero la idea de poder revivir cadáveres con el fin de utilizarlos para realizar cualquier cosa que necesitara era tentadora. Llegado el momento, un ejercito de inferi sería aterrador y le otorgarían una gran ventaja a quién lo poseyera.

Una mañana mientras el sol se alzaba entre las montañas y teñía el cielo de rosado Tom contemplaba desde la ventana cómo el señor Arúspico arrastraba una gran bolsa negra hasta el sótano. Le llamó la atención lo ágil y fuerte que parecía a pesar de su avanzada edad y su delgada contextura física. Era habitual que el viejo llevara cosas al hostal aunque jamás permitía que Tom las viera como tampoco lo dejaba aventurarse más allá del comedor, la biblioteca o su habitación.

Sospechaba que tramaba algo malo, pero hasta el momento no había dado signos de que fuera a obrar contra su huésped por lo que Tom pensó que era mejor dejar que las cosas sigan su curso hasta que fuera oportuno intervenir.

El día del velorio hacía un calor insoportable. El pequeño espacio dedicado a los muertos estaba atiborrado de lápidas grises y tristes, entre las cuales crecían enormes sauces que cubrían todo con sus cabellos de hojas. Los parientes de la anciana lloraban bajo la sombra de uno de ellos, abanicándose entre sollozo y sollozo.

Arúspico esperaba con Tom a un lado, el viejo tenía un aspecto espantoso con su túnica marrón de lino sujeta con un cinturón de huesos y cuero. A sus espaldas, separado por una cerca de piedra y hierro, se alzaba el bosque cuyos árboles se mecían al compás del viento.

Tom sentía un escalofrío cada vez que se acercaba a ese lugar, era como si algo lo estuviera observando y acechando entre las ramas.

-¡Inglés! No puedo creer que sigas entre nosotros –le dijo el joven que lo había hospedado la primera noche-. Suerte la tuya, creo –agregó mirando de soslayo a Arúspico, quien tarareaba una canción, distraído-. Será mejor que me vaya.

Muchos de los presentes se percataron de la presencia de Tom y no perdieron tiempo en empezar a cuchichear. Algunos se persignaban con esmero o directamente lo señalaban con dedos temblorosos y asustados.

-¿Qué les pasa?

-¿Eh? No es cortés sacar a alguien de sus cavilaciones. Vamos al hostal, esta noche tendrás un duro trabajo desenterrando el cuerpo.

Mientras la oscuridad de la noche los cobijaba, ambos magos sacaron el cuerpo del cajón, pusieron todo en orden una vez más y se encaminaron en dirección al sótano. Arúspico seleccionó una llavecita plateada de entre un montón que tenía y abrió una puerta de madera negra que chirrió con un sonido agudo, como de uñas contra una pizarra.

-¡Lumos! –varias esferas de luz flotaron sobre ellos unos segundos, para luego posarse sobre sus respectivas velas.

Tom observó

-Coloca a la señora sobre esta mesa –pidió el viejo-. Iré a buscar más velas en el deposito –agregó señalando una puerta en el extremo opuesto de la habitación.

-Wingardium leviosa. –El cadáver se elevó hasta la mesa, aún cubierto por la sabana blanca lo que le daba un aspecto fantasmagórico.

El señor Arúspico había bajado por una escalera y se podían oír los ruidos que hacia mientras revolvía cajas y objetos. Al parecer, debajo del sótano donde se encontraban habían construido otra habitación para almacenar más chucherías.

-Lo que tienes que saber, muchacho –empezó el señor Arúspico, cuando regresó-. Como ya te dije, que lo mejor es trabajar con un cuerpo fresco. Mientras más reciente el finado, mejor. Quita la manta por mi ¿Quieres?

Tom movió la varita y la sabana cayó al suelo, revelando a una mujer de piel arrugadísima y expresión serena, casi parecía estar durmiendo pero el exceso de maquillaje que le habían aplicado le daba un aspecto payasesco.

-Ahora, el hechizo es "Mortuorum Ambulantum", tienes que decirlo con cuidado, pronunciando cada silaba. Susurrarlo, como si se lo dijeras a tu amante. –Él lo miró a los ojos con los suyos inyectados en sangre-. Con la mano derecha sujeta la varita y pon la izquierda encima. El trayecto que debe recorrer sobre el cuerpo es recto, desde el cerebro al corazón. Así.

Tom siguió las indicaciones y repitió el hechizo en voz baja.

-Cuando estés listo, inténtalo –murmuró, mientras apagaba algunas velas y dejándolos en la penumbra.

-Mortuorum Ambulantum -dijo Tom, concentrado.

Nada pasó, el cadáver seguía impasible sobre la mesa de trabajo.

-Mortuorum Ambulantum -insistió, en vano-. ¡Mortuorum Ambulantum!

-Tranquilízate, serena la mente y vacíala, como si fueras a usar Legeremancia

Tom lo fulminó con la mirada, respiró profundo y siguió.

-Mortuorum Ambulantum

Luego de pasar un par de horas intentando, ambos estaban cansados y la frustración del joven mago se palpaba. No estaba acostumbrado a que un hechizo se le resistiera de esa forma, él siempre había sido el primero en su clase. Quizás el viejo estuviera inventando, pero no tenía motivos para hacerlo.

Enojado, Tom agitó la varita.

-¡Mortuorum Ambulantum!

En lugar de reanimarse el cuerpo explotó con un viscoso sonido, esparciendo sus vísceras por todos lados y bañando a ambos magos con restos de órganos y sangre.

-Bueno, quizás el arte de la necromancia no sea lo tuyo –dijo Arúspico con una media sonrisa. Su cabeza tenía un tétrico sombrero de tripas que se quitó sin problema-. Limpia todo, seguiremos otro día.

-¡Olvídalo! –Tom, que sentía un tic detrás del ojo izquierdo, estaba hirviendo de ira. Se encaminó a la salida, limpiándose la sangre con la túnica.

-Fermet -dijo Arúspico, cerrando la puerta de golpe.

Tom volteó para gritarle pero el viejo se le adelanto.

-Mira, muchacho –empezó apretando los labios-. Fui un fiel ayudante de Gellert Grindelwald, he visto y hecho cosas que te pondrían los pelos de punta. Si quieres aprender, tendrás que hacerlo a mí manera. –Tom amagó con interrumpirlo pero él se lo impidió-. Limpiarás todo esto y de pasó, aprenderás a controlar tu ira y serenar la mente. Luego me lo agradecerás.

El viejo se marchó cojeando, dejando solo a un enojadísimo y humillado Tom.

Y así se pasó la florida primavera e incluso casi todo el verano, entre cadáveres de animales u ocasionalmente de personas, intentando reanimarlos. Cada tanto el señor Arúspico se ausentaba un par de días y regresaba con un muerto o dos para que Tom siguiera practicando, lo que ayudó a que cada vez se sintiera más confiado, hasta casi no tener problemas con las explosiones espontáneas e incluso los cadáveres vibraban o se movían ligeramente.

-¡Esto es lo bueno de vivir en la posguerra! –Canturreó feliz el viejo, desenvolviendo el cuerpo de un niño-. Los cadáveres frescos son moneda corriente.

Tom no estaba seguro de si sonreír o no, le disgustaba el humor negro del mago y su fascinación con la muerte. No es que a él le molestara practicar con los fríos cuerpos de los muggles, pero le desagradaba ver como Arúspico disfrutaba estar rodeado de sangre y putrefacción; había algo espeluznante e inquietante que no le cerraba, como si el mago tuviera un halo demoníaco alrededor, una sombra malvada que susurraba en la oscuridad de la noche.

Lo lograra o no, Tom decidió que no pasaría el invierno encerrado con Arúspico. Se había guardado un par de libros y objetos interesantes en el bolso, que estaba listo para cuando decidiera seguir su viaje.

-Se que estás arto –empezó el nigromante, una tarde fresca que anticipaba el fin del verano. Pero si me esperas, creo que puedo conseguir cuatro cadáveres hermosos y estoy seguro de que ésta vez lo lograrás. –Le sonrió mostrando los pocos dientes amarillentos que le quedaban.

Tom, asintió aunque en el fondo planeaba irse cuando el viejo se fuera a recolectar cuerpos.

-¡No! –se quejó el viejo con vos melosa-. Sé qué estas pensando, te pido me esperes y te dejaré llevarte todo lo que has escondido en tu bolso. Los objetos mágicos tenebrosos están hechos para pasar de generación en generación.

Tom abrió mucho los ojos, entre sorprendido y enojado.

-¡Salga de mi mente! –exigió, sintiendo un calor febril subirle por el cuello.

-No puedo evitarlo –se justificó-. En mis años mozos me conocían por mi gran habilidad en Legeremancia, si te quedas te enseño…

-Me iré esta noche, traiga usted los cuerpos o no.

El señor Arúspico se tensó y Tom creyó ver una sombra furiosa cruzarle la mirada, pero el viejo enseguida volvió a su postura cordial.

-Esta noche. Espérame despierto en el sótano, muchacho –lo dijo todo con un tono extraño, monocorde y rasposo.

-Como quiera.

Antes que pudiera pestañear, el nigromante ya no estaba; Tom aprovechó para subir a su habitación y cerciorarse de que tenía todo listo. Guardó una buena cantidad de alimentos y provisiones para el viaje, se bañó, cambió su túnica por una bien abrigada y esperó.

Esperó deambulando, revisando cajones o jugueteando con el relicario de Slytherin que le colgaba del cuello, frió al contacto con su piel.

Bien entrada la noche, Arúspico volvió trayendo consigo cinco cadáveres frescos. Todos lucían una expresión de sorpresa y espanto que Tom atribuyo a la maldición asesina "Avada Kedavra". Le extraño que el nigromante matara a esas personas ya que siempre se regodeaba con su capacidad para encontrar cuerpos recién fallecidos, aprovechando que la gente moría de hambre o enfermedades.

Absteniéndose a preguntar, ambos magos se pusieron manos a la obra. Tom que había estado practicando por semanas no se sorprendió al lograrlo en el cuarto intento.

-Mortuorum Ambulantum -dijo, y el cadáver pestañeo revelando unos ojos vidriosos.

-Sabia que lo lograrías, muchacho. Ahora puedes pedirle que haga cualquier cosa, te obedecerá y descubrirás que los inferius son poseedores de una fuerza sobrehumana. Además está el hecho de que como han muerto no tienen sentimientos. Ni culpa, ni compasión o piedad. Matarán, destruirán y asustarán a todos tus enemigos.

Tom miró pensativo a su inferius. Qué sería lo primero que haría con una mascota horripilante como aquella.

-Yo los libero en el bosque –continuó el señor Arúspico-. Debo de tener unos doscientos vagando por allí, vigilando que nadie se acerque y que nadie… salga. Continuemos.

Cuatro cadáveres quedaban y Tom pudo revivirlos a todos. Los cinco inferi se movían levemente, expectantes por una orden.

-Bueno, creo que es todo lo que puede enseñarme…

-Si, si –lo cortó el viejo-. Pero antes de que te marches, hazme el favor de alcanzarme un frasco con sales que está allí. Detrás de ti –señaló Arúspico con un dedo curvo, afectado por la artritis.

-¿Es esto? –preguntó Tom, luego de encontrar lo que le pedían.

Antes de que pudiera darse cuenta, un rocío le dio en el rostro. Era un líquido caliente que le penetró en la piel y le hizo arder los ojos.

Gritando y frotándose la cara resbaló por las escaleras del depósito y dio tumbos hasta detenerse contra un mueble.

-¡Te advertí que para sobrevivir en Magienschen no debías confiar en nadie! ¡Especialmente en mi! –el señor Arúspico parecía haber rejuvenecido cincuenta años, su postura era recta y su mano firme. Ya no cojeaba y en sus ojos se reflejaba una locura asesina.

Tom se puso de pie, y con la mirada borrosa tanteó el lugar alejándose del viejo.

-Una vez me preguntaste si los pueblerinos sabían qué hacía –recordó-. Yo te dije que no, pero lo curioso es que si, lo saben, y por ello me temen. Años atrás acordé un pacto muy beneficioso.

Podría practicar mi arte en paz, sin molestarlos, siempre y cuando ellos me trajeran presas vivas o me dejaran jugar con sus muertos… de paso yo mantendría a los enemigos lejos en esos tiempos difíciles. Así que el joven que te trajo hasta aquí, claramente sabía lo que te pasaría, al igual que todos los demás.

Deberías haberle hecho caso al gordo Frank, él te advirtió el primer día que te marcharas pero tú, necio, lo atacaste y desobedeciste. Por ello ambos pagarán, él por traidor y tú por creerte la gran cosa. ¡Endeleben!

La maldición estuvo a punto de golpear a Tom, pero éste se hizo a un lado justo a tiempo. A medida que corrían los segundo sus sentidos se adormilaban, si esperaba mucho más su oponente lo mataría.

-Ven aquí, déjate llevar –dijo con voz melosa el viejo-. No será doloroso y si tus truquitos funcionaron no podrás morir…

-Crucio –gritó Tom, pero el hechizo falló, al igual que su visión-. Crucio.

-Buen intento. Trabajar con tu cuerpo será un placer… un alma mutilada será todo un reto y una delicia.

-Crucio.

Arúspico se defendió creando un escudo de plata.

-Aspis clipeus.

Tom perdió el control de sus piernas y cayó al suelo, detrás de una mesa. Podía escuchar la risa victoriosa del nigromante, mientras él temblada de furia. No podía ser que el camino del prometedor Tom Riddle acabara allí, en un sucio sótano sin haber realizado grandes hazañas que dejaran su nombre grabado a fuego en la memoria de los magos. Sus logros no harían correr ríos de tinta para la posteridad, la estirpe de Slytherin se consumiría a manos de un viejo asqueroso que se divertiría jugando con su cadáver.

Quizás sus horrocruxes le permitirían volver pero no sería lo mismo, el plan fallaría antes de ser terminado y no podría dividir su alma en siete partes.

-Ya te tengo, muchacho.

No

Haciendo acopio de todas sus fuerzas y aprovechando que su enemigo bajó la guardia apuntó como pudo su varita de tejo lanzando un certero cruciatus.

Escuchó con placer los gritos desgarradores Arúspico. A través de su varita dejó fluir todo el odio que sentía para que al viejo le doliera cada centímetro del cuerpo. Quería sentirlo quejarse y llorar, que rogara por misericordia para negársela, quebrarle la voluntad. Deseaba ver sus huesos arder, que su piel se desgarre.

Cortó la maldición y se apuntó a si mismo.

-¡Ennervate!

Al instante se sintió mejor, la poción adormecedora se esfumó y recuperó el control de sus extremidades.

-¿Acaso no le advertí? –Espetó Tom al anciano que yacía en el suelo hecho un ovillo-. Recuerdo haberle dicho que si yo tenía una varita en mis manos serían mis enemigos quienes deberían tener miedo.

-No me mates, debes perdonar mis arranques de locura...

-Perdonar ¿Perdonar? Tú no ibas a perdonar mi vida.

-Claro que si –se atajó el viejo intentando alcanzar su varita-. Sabía que con tu alma dividida no morirías del todo…

-¡Petrificus totallus!

Tom le quitó la varita y la rompió.

-Adios.

El señor Arúspico no recordaba haber sentido tanto dolor en mucho tiempo, le ardían las entrañas y se odiaba a si mismo por haber dejado que el joven lograra vencerlo. Pero todo había terminado, el hechizo dejaría de surtir efecto en un par de horas y podría subir a acostarse.

Un ruido sordo se escuchó arriba.

Él ya se fue pensó, ligeramente asustado.

Otra vez el ruido.

Un sudor frió le recorrió la espalda, quería moverse, gritar o esconderse al menos pero no podía hacer nada de eso.

Ruido. Ruido. Ruido.

Algo se acercaba.

Silencio.

El señor Arúspico se relajó.

Todo está bien

Pero antes de que pudiera respirar en paz, la abertura sobre las escaleras se oscureció y los cadáveres que había encantado entraron dando tropezones listos para vengarse.

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