10 sept. 2014

Capítulo 15




Su rostro se vía verdoso y la oscuridad absoluta de la enorme caverna lo envolvía todo. El techo altísimo se perdía en la negrura, el lago de aguas saladas y malditas parecía un espejo pulido, nada alteraba la superficie, aunque en lo profundo flotaban los terribles guardianes. Celosos aguardaban a que alguien que no fuera Tom se acercara a ellos para atacarlo y sumarlo a la fila de espeluznantes inferis.


Tom estaba agotado, había empleado muchísima magia en pocas horas y sentía un dolor punzante en las articulaciones. Todo su cuerpo había sufrido, no sólo el esfuerzo reciente, sino también hecho de hacer un cuarto horrocrux.

La adrenalina del momento y su furioso asesinato de muggles habían mantenido su mente ocupada, alejada del dolor, pero ahora que esta calmado y no tenía más que hacer sentía los efectos de tal magnitud de hechizos.

Cada vez que dividía su cuerpo un poco de su humanidad escapaba junto a su alma y la parte física lo resentía. En un primer momento nada cambió, pero a medida que recreaba el acto, eran más las marcas que quedaban exteriormente. Sus mejillas se hundieron, su tez palideció hasta volverse blanca, sus huesos se estiraron y sus facciones se deformaron quedando irreconocibles.

Lentamente su piel reflejaba su esencia interior y Tom se preguntó, por primera vez, si sería posible crear los siete horrocrux y seguir teniendo un cuerpo humano con el que vivir.

-¿Qué tal si el seguir dividiendo mi alma me convierte en un mero fantasma, en una sombra inútil? –se preguntó a si mismo, reflejando su cara en el lago-. Claro que nadie ha llegado tan lejos como para preguntárselo… pero no sirve ser inmaterial, necesito mi cuerpo estable para poder dirigir a los demás magos y brujas en mi lucha contra la impureza en la sangre.

Hacía muchos años había decidido dividir su alma en siete pedazos para lograr la inmortalidad.

-Siete es el número mágico más importante. Tiene propiedades especiales y si alguien tiene la habilidad para lograrlo vencería a la muerte… vencerla.

El objetivo era ese. Vencer. No se trataba de ir posponiendo la fecha o de vivir muchísimos años gracias a algún hechizo u objeto, sino de ser inmortal, de no tener un fin y poseer el poder sobre los demás para siempre.

-Podría crear una piedra filosofal, o robarla pero eso me ataría a beber el líquido constantemente… Debo ser fuerte, llegar a dividir mi alma en siete partes y probar que soy el mago más poderoso que ha existido jamás.

Tom se puso de pie con determinación. Esperaba que si ponía mucho esmero y extremaba los cuidados, podría seguir viviendo en un cuerpo relativamente sano sin temer que las mutilaciones causadas por la creación de los Horrocruxes lo terminaran inhabilitando.

Luego de asegurarse de que la cueva era un lugar(seguro e inmarcable, Tom decidió regresar a Londres. No se quedaría mucho tiempo allí, aún tenía cosas por hacer como encontrar un escondite para el diario o hacerse con la diadema de Ravenclaw, que sería su tercer reliquia de un fundador de Hogwarts y un perfecto horrocrux, pero necesitaba volver, enterarse de cuanto habían cambiado las cosas.

Y habían cambiado.

Los magos vivían un tiempo de relativa paz, el Ministerio mantenía a sus ciudadanos felices y seguros, en buenas relaciones con los muggles, quines seguían sin tener idea de sus compatriotas mágicos. Ignoraban que entre ellos habitaban personas con poderes especiales que aparecían o desaprecian a voluntad, que viajaban por las chimeneas, volaban en escobas e incluso tenían un sistema político paralelo.

El caldero Chorreante, sin embargo, seguía igual de rústico y variopinto. Allí se alojaban desde niños magos ansiosos por empezar en Hogwarts o comprar los objetos de su lista del colegio en alguna de las muchas tiendas que formaban el Callejón Diagon, hasta personajes encapuchados y brujas exóticas que bebían brebajes humeantes.

Tom le había escrito a Ismelda y ella le proporcionó una enorme cantidad de dinero, junto con dos baúles de cuero azul llenos de túnicas caras, zapatos, libros y otros objetos que podría necesitar, además de adjuntar una apasionada carta llena de sentimentalismos que Tom no dudó en tirar al fuego.

Él estaba sentado en una esquina oscura leyendo El Profeta, mientras afuera la lluvia caía a baldes repiqueteando en la calle londinense y los cristales de las ventanas. El cielo encapotado tronaba con fuerza a la vez que los rayos azulados iluminaban la fría tarde.

De un trago se terminó el hidromiel de su vaso y continuó leyendo el periódico: Debajo de una enorme foto del acantilado donde había escondido su horrocrux habían escrito un largo artículo.

"SORPRENDENTE MASACRE DE MUGGLES"

La comunidad mágica se lamenta por el asesinato en masa de al menos una veintena de muggles. El pueblo costero llora su perdida y protege al único sobreviviente, un niño, hijo de uno de los asesinados.

Los magos se hicieron eco de su relato y llegaron al lugar para investigar, temiendo que se trate de la obra de un mago tenebroso.

Para los muggles no tiene sentido y atribuyen a un shock emocional la descripción del pequeño, que cuenta como un joven los atacó con mucha luz verde.

Los aurores saben que se trata de la mortífera y prohibida maldición asesina "Avada Kedavra", que está incluida en la triada de maldiciones imperdonables.

El misterio es aún mayor porque los cuerpos desaparecieron sin dejar rastro.

Desde es ministerio piden a cualquier posible testigo que acuda a las autoridades para ayudar a esclarecer el tema.

Por otro lado, se ruega a la comunidad mágica que no se alarme, ya que dudan que sea el comienzo de una nueva era dominada por otro mago tenebroso.

El último que se conoció fue G. Grindelwald, a quien Albus Dumbledore encarceló en 1945, poniendo fin a su reinado de terror.

El actual director del colegio, famoso entre otras cosas por su política de tolerancia, se mostró muy interesado en investigar el asunto, pero por el momento no hay ninguna novedad…

Tom maldijo en voz baja, lo último que quería era que Dumbledore metiera su ganchuda nariz en sus planes. La idea era pasar por desapercibido, mantener un bajo perfil hasta lograr sus objetivos. Cómo podía haber sido tan descuidado, dejar un testigo, aunque insignificante, resultaba una tremenda molestia.

Ahora tendría que marcharse de Inglaterra hasta que se calme todo. Hasta que olviden lo que pasó, no quería que descubrieran lo que estaba haciendo y menos que Dumbledore volviera a vigilarlo como hizo desde el día que puso un pie en Hogwarts.

Ya lo tenía decidido, volvería a Europa central, viajaría hasta Albania en busca de la diadema perdida de Ravenclaw. Si Helena no le mintió, la reliquia estaría en un bosque del norte, escondida en medio del mismo en el tronco hueco.

Por más que tenía pistas y experiencia le llevaría mucho tiempo encontrarla, con suerte no tantos como temía pero al fin y al cabo los bosques eran densos y enormes, además de que sería peligroso inmiscuirse en terreno de gigantes.

-¿Se quedará mucho más tiempo con El Profeta? –preguntó una bruja de mediana edad sacándolo de sus cavilaciones

-Tome.

-Gracias, no es que lamente lo de estos muggles –apuntó con desprecio-. Me gusta la sección de cocina.

-Somos dos.

-No parece cocinar seguido, así que supongo que se refieres a lo primero –dijo la mujer, acomodándose un ostentoso collar de esmeraldas-. Soy Druella Rosier, bueno ahora Black, porque me casé con uno, ja.

Tom miró a dónde ella señalaba.

-Ese es mi esposo, Cygnus Blackk III. Ambos pura sangre y planeamos seguir así.

-Su familia es una de las más antiguas, no tiene que podrir el árbol

-Muy bien dicho –ella lo miró intentando descifrar el rostro que se ocultaba debajo de la capucha-. Siempre que quiera, puede venir a visitarnos a nuestra casa. Solemos reunirnos con otros que piensan como nosotros.

Tom asintió.

-Por cierto, no me ha dicho su nombre…

-Me llamo… soy…

Tom Marvolo Riddle ¡no!

Después de lo que pasó en la cueva esa persona había muerto, se había separado de él junto con su alma… entonces ¿Quién era?

-Debo irme –se excusó, abruptamente.

Ese último pensamiento lo dejó aturdido. Necesitaba encontrar su identidad, descubrir como quería ser conocido por el mundo ahora que se sentía renacer.

Yo soy… yo soy…

Tom subió a su habitación, buscó un pedazo de papiro, una pluma y un tintero para empezar a escribir. Ni bien hubo garabateado unas pocas palabras se detuvo y tachó.

TOM MARVOLO RIDDLE

Se quedó varías horas frente al pergamino en blanco, pensando y pensando. La tinta se secó en la pluma. La lluvia había menguado y la noche avanzaba lentamente. Los demás huéspedes se fueron quedando en silencio dejando escuchar el ulular de alguna lechuza o el maullido de un gato callejero.

¿Un Gaunt? pensaba Tom, estrujando su cerebro Definitivamente no un Riddle

Necesitaba un nombre fuerte, importante, que se grabara en la boca de aquellos que lo pronunciaran. Quizás si reordenaba las letras, un anagrama que revelara quién era de verdad, oculto en su nombre.

-Voldemort –dijo en voz baja, recordando cómo se hacía llamar en sus últimos años escolares.

Esa palabra inventada surgió una aburrida clase de pociones cuando jugaba con las letras de su nombre. Fueron muchas las opciones que logró pero se decantó por esa.

Voldemort sonaba aterradora, misteriosa y memorable. Se había quedado pensando en ella toda la semana hasta que se las dijo a sus compañeros y vio como reaccionaban entre enmudecidos y sorprendidos. Todos aceptaron llamarlo así, claro que quedó entre unos pocos y cuando terminó el colegio cayó en desuso. La escasa correspondencia que mantuvo con ellos las firmaba de esa forma hasta que cortó la comunicación y para el mundo volvió a ser simplemente Tom Riddle.

-Soy descendiente de Salasar Slytherin, su noble sangre corre por mis venas, no un mero nombre, soy más que eso... soy de la realeza mágica, merezco ser tratado con respeto, que me llamen señor...

Tom se puso de pie y empezó a caminar frenéticamente por la habitación. La elegante túnica roja que usaba barría el piso y sus botas contra la madera producían un ruido sordo. Se detuvo frente a la venta, el reflejo de los cristales empañados fue un rostro blanquecino y deformado, sin rastros de la belleza que lo caracterizaba y con un par de ojos enrojecidos que centellaban eufóricos.

Estiró un largo dedo huesudo y escribió en la humedad del vidrio

I AM LORD VOLDEMORT

Pleno y a gusto con su nueva identidad decidió borrar todo rastro de Tom Riddle, nadie sabría que existió. De ahora en más sería Lord Voldemort y sus logros iban a recordarse por generaciones, el mundo cambiaría y aquellos que no se ajusten a esos cambios no serían dignos de creerse magos, sus lenguas traidoras y temerosas no podrían pronunciar su nombre, temblarían con sólo pensar en él.

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