19 sept. 2014

Capítulo 18



Con los gigantes como aliados, Voldemort se marchó de Albania ordenándoles que se escondieran en una región montañosa de Bielorusia, llamada Minsk, hasta que él les diera carta blanca para actuar. La gran mayoría quedó contenta de poder salir de su refugio y destruir un pueblo o dos en su camino. Los pocos que se negaron fueron victimas de un brutal asesinato en masa que Voldemort no se quedó para ver, pero que se escuchó hasta muchos kilómetros de distancia.

Ahora que regresaba a Londres, tenía que hacer una cosa muy importante: guardar una parte de su alma en la diadema de Ravenclaw, lo que la convertiría en su quinto Horrocrux. Ya casi lograba su cometido, faltaba casi nada para tener asegurada la inmortalidad y se sentía muy confiado y fuerte.

Hogwart se recortaba contra el cielo crepuscular, las vacaciones de verano ya habían empezado y el castillo era un lugar silencioso, tranquilo. Los terrenos que lo rodeaban se extendían agitados por la brisa cálida que ondulaba las aguas del lago.

No quedaba nadie allí, salvo unos pocos empleados como el semi humano Hagrid o los elfos en las cocinas y también los fantasmas que vagaban en los corredores sumidos en sus penas y recuerdos de vidas pasadas.

La cabaña del Guardabosques despedía una fina columna de humo grisáceo lo que indicaba que el bosque estaría libre de sus ojos curiosos.

A resguardo en la oscuridad del Bosque Prohibido, Voldemort se paró en un pequeño claro techado por las ramas más altas de los árboles. Inhaló profundo absorbiendo esos aromas tan conocidos; siempre se había sentido cómo en casa en Hogwart, y ese bosque fue testigo de muchas de sus andanzas en la oscuridad.

Tenía sentido realizar el traspaso de su alma allí y luego encontrar algún lugar seguro para dejar la diadema. Lejos del alcance de manos entrometidas, pero sobre todo, lejos de la nariz torcida de Dumbledore. El director se opondría a tal magia e intentaría destruir la obra de que tanto le había costado construir.

Voldemort sintió como la rabia se extendía por su cuerpo haciéndolo temblar. Quería la oportunidad de destruir a Dubledore, siempre lo había odiado y deseado que desapareciera. Él era el único peligro en sus planes contra los muggles, el directo representaba una fuerza opositora que se erguía como un muro protector entre Voldemort y los sangre sucia, pero no era una barrera fácil de desmoronar, requeriría astucia y mucho poder moverlo de en medio. Había pensado en ello desde que puso un pie en el castillo y los ojos cristalinos de Dubledoro lo marcaron para no dejar de seguir sus pasos, incluso una vez que terminó sus estudios.

Si lograba quitarlo de su camino nada ni nadie estaría a su altura, él, Voldemort, sería indetenible.

Salió de sus cavilaciones y con extremo cuidado depositó la diadema en el suelo mohoso. Conciente de que el hechizo podría debilitarlo se preparó con todas su fuerzas y despejó la mente de cualquier problema mundano.

Pronunció el hechizo que salió de su boca como seda suave y resbaladiza. Parecía que el viento propagaba el sonido como una ráfaga maldita haciendo estremecer el bosque.

Un calor abrasador lo envolvió, como si su cuerpo se prendiera en llamas, pero no había nada por apagar.

Gritó, sufriendo cada segundo aquel dolor insoportable que lo llevó al borde de la locura, casi deseó su propia muerte para evitar el ardor. Al límite de perderlo todo, sintió como terminaba y pasando de los gritos a una risa desenfrenada por el éxito, perdió el conocimiento y se quedó tendido en la tierra por varios días.

-¡Despierta, humano! –dijo una voz gruesa.

Voldemort abrió los ojos aunque le costó distinguir quien le hablaba. Veía borroso y se sentía mareado.

-¡Arriba, bestia oscura!

Parpadeó varias veces hasta enforcar la vista. Un círculo de centauros lo rodeaba, apuntándolo con sus arcos y piafando nerviosos.

-¡Trajiste tu magia negra a nuestro sagrado hogar!

Los centauros cocearon enfurecidos.

-¡Te exigimos que te marches!

-Ningún hibrido le exige nada a Lord Voldemort, sucia criatura –replicó, intento ponerse de pie y sonar más seguro de lo que se sentía.

-¡¿Cómo se atreve a llamarnos así?!

-¡Insulta a nuestra noble estirpe! ¡No vivirás para contarlo!

-¡Mátenlo! –corearon.

Voldemort sacó su varita de tejo y sujetó la diadema fuertemente con la otra mano.

-Si no quieren morir ustedes, salgan de mi camino.

Una flecha se clavó a sus pies haciéndolo reír.

-¿En serio creen que asustarán a Lord Voldmoert con una tonta flecha? ¿Piensan derrotarme con tan burdos elementos cuando yo tengo una varita?

Los centauros se prepararon para disparar, pero el líder, un ejemplar de color negro azabache alzó una mano y le dijo, mirándolo a los ojos:

-Tu falta de comprensión será tu fin. Está escrito que tú mismo terminarás destruyéndote… salvo que empieces a diferenciar la magia realmente poderosa de los trucos vistosos.

Voldemort se elevó en el aire, seguido por el movimiento de los arcos.

-Blackness -exclamó.

Una nube densa y negra cubrió a los centauros y el mago se marchó lejos, hasta Londres.

Como siempre, tenía un plan premeditado y bien pensado y sabía que la mejor forma de agrandar su ejercito y ganar seguidores era empezar por conseguir el respaldo de grandes y ancestrales familias de sangre pura. Para ello contaba con el contacto de la casa Black. Famosos confesos en su lucha por mantener la sangre limpia de contaminación muggle y eternos luchadores por los derechos de los verdaderos magos y brujas.

El lugar de encuentro era el número 12 de Grimmauld Place, una mansión oculta a todo aquel que no fuera invitado por los dueños.

Una mujer alta y elegante lo recibió, ella vestía una túnica de satén y cientos de perlas negras enroscadas alrededor del cuello. Tenía una mirada perspicaz y una voz autoritaria que le dio la bienvenida a la ancestral casa Black.

-Walburga Black, un placer conocerlo, finalmente, milord. Estos últimos años su nombre y sus ideas revolucionarias se cuelan en toda conversación decente.

Voldemort entró y se quitó la capucha, arrancando un ¡Oh! por parte de su anfitriona, quien enseguida recuperó la compostura.

-Adelante, lo están esperando.

La casa olía a viejo y, a pesar de estar habitada, una ligera capa de polvo lo cubría todo.

Voces animadas se escuchaban del otro lado de una ornamentada puerta y por debajo se colaba luz dorada. Voldmeort esperó a que ellas abriera la puerta y se quedó en el umbral hasta que todos callaron, mirando al recién llegado.

La sala rectangular estaba llena de sillas dispuestas por doquier y cientos de velas flotando sobre las cabezas de los presentes. Al final había un tapiz elaborado y complejo donde habían bordado un árbol familiar que se extendía por generaciones y generaciones.

Walburga se aclaró la garganta y dijo:

-Lord Voldmeort nos honra con su presencia.

Muchos se levantaron para estrecharle la mano o presentarse, pero Voldemort los evitó con elegancia y se dirigió al frente de la sala mientras los otros, un poco desconcertados, volvían a sus lugares.

Los elfos domésticos que permanecían contra la pared sosteniendo botellas de vino se acercaron para llenar las copas.

La audiencia se acercaría a unas cincuenta personas, todos con impecables antecedentes de sangre y miradas altaneras, aunque en el fondo no sabían que esperar realmente de ese mago de aspecto extraño y voz siseante que decía odiar a los muggles y que portaba un título antes de su nombre, a pesar de que nadie sabía por qué lo ostentaba o dónde estaba su fortuna.

Los Black, Malfoy, Nott, Crabbe, Goyle, Avery, Lestrange, Travers, Rosier y un par más que Voldemort no conocía lo escucharon atentos a sus palabras, cada vez más convencidos con los argumentos que formulaba.

Él sabía manejar al público, cuando debía subir la voz o cuando susurrar, en que momento preguntar retóricamente y cómo contestarse. Podía mantenerlos expectantes y soltares una bomba que los hacía asentir o, incluso, vitorear.

-Hace muchos años, un sabio fundador de Hogwarts les recordó a los demás que quienes tienen la sangre pura son superiores a aquellos magos y brujas que nacieron de Muggles y Mestizos. Los muggles son animales y los Nacidos de muggle, son ciudadanos de segunda clase, inferiores e indignos de practicar magia. Salazar Slytherin consideraba que sólo les permitieran a los magos y brujas sangre pura asistir y educarse en Hogwarta.

Personalmente, creo que no sólo debemos purificar el castillo, sino, que toda la sociedad, debe ser incinerada y reconstruida desde sus cimientos, si es necesario…

Después del discurso, los elfos ofrecieron bocadillos y las sillas se corrieron para dejar espacio suficiente para que las personas pudieran circular y charlar entre sí.

Voldemort habló poco y se dedicó a observar a sus futuros seguidores. La mayoría poseían posesiones y bienes que estaban dispuestos a poner a su servicio al igual que sus influencias en el gobierno, pero eran sus motivaciones lo que le generaba duda. Todavía no sabía cuantos de ellos lo seguirían por convicción y cuantos por temor a quedar en el bando perdedor o, simplemente, por querer poder y protección.

-Mi señor –Un hombre delgado, de complexión enfermiza y largo cabello platinado le tendió la mano-. Abraxas Malfoy.

Los Malfoy eran una adinerada familia que había sabido tejer su red en el Ministerio de la Magia y que contaban con una respetable reputación, pero en ciertos círculos se sabía el gran amor que sentían por la magia negra.

-Un placer.

-Mi esposa quería venir, pero mi hijo, Lucius estaba muy enfermo.

Voldemort inclinó la cabeza un poco intentando parecer preocupado.

-No es nada grave, por suerte, es mi único descendiente –él sonrió mostrando sus dientes ligeramente puntiagudos-. Sepa que puede contar con migo para lo que necesite…

-Deja de acaparar la atención de nuestro invitado –le recriminó Walburga, sujetando a Voldemort por el brazo-. Venga, señor, quiero presentarle a Druella y Cygnus Black sus encantadores hijos pasan más tiempo en esta casa que en la propia.

Voldemort recordaba a la mujer de un encuentro en el Caldero Chorreante, pero ella no lo reconoció.

Cuando estaba por irse de la reunión, dejando atrás la sala llena de magos borrachos y alegres, escuchó unos pasos suaves que se acercaban entre las sombras.

-Se que estás allí –susurró Voldemort, quitándose la capucha.

Una respiración agitada delató a la niñita, que se mantuvo, semi oculta.

-Puedo verte.

Ella salió al pasillo con la cabeza en alto e intentando demostrar valor.

-¿Cómo te llamas, niña?

Ella alzó sus gruesos parpados cargados de largas pestañas negras hasta encontrarse mirándolo a los ojos.

-Bellatrix.

-¿Estuviste escuchando?

Bellatrix vaciló, pero al final asintió.

-Me gustó lo que dijo –se acercó más-. Sobre que los sangre sucia deben ser eliminados para preservar a los verdaderos magos, a nosotros que llevamos en nuestras venas el esfuerzo de nuestros antepasados por mantenerse puros.

Voldemort se asombró ante aquella niña tan madura, que hablaba con determinación y que lucía tan madura a pesar de llevar un pijama rosa y el cabello debajo de una gorra para dormir con moñitos.

-¡Bella! –la llamó otra niñita, asomándose por el barandal-. ¡Vuelve a la cama!

-¡Chist! –Reprochó ella, mirando arriba-. Vete, Cissy –agregó con autoridad.

Voldemort contempló la escena riendo suavemente.

-¿Qué edad tienes?

-Ocho, pero puedo ser parte de su ejercito…

-Primero tienes que educarte –Voldemort se arrodilló ante ella-. Sin olvidar lo que escuchaste esta noche y cuando termines estaré esperando a que vengas a unirte a mí.

-Lo prometo –respondió ella sonrojada por la proximidad del mago-. Jamás lo olvidaré, mi señor.

Y algo le dijo a Voldemort que era verdad.


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