23 sept. 2014

Capítulo 20



Voldemort estaba sentado en la cabecera de una larga mesa, la habitación se mantenía a oscuras o tan a oscuras como lo permitía la luz de la luna que entraba por las ventanas. La chimenea permanecía apagada, pero los leños estaban dispuestos y esperando que alguien los prendiera porque el frío invierno había llegado para quedarse.

Abajo se festejaba una suntuosa cena para brindar por el año nuevo y las voces trepaban por la escalera y se escuchaban como murmullos cálidos, risueños. Todos aquellos magos y brujas alzaban sus copas, muchos en su nombre, por él, Voldemort, su nuevo amo y señor.

Se acomodó en el viejo sillón y siguió cavilando con el libro abierto en la misma página desde hacía varios minutos. Su mente había ido de las palabras escritas y empezado a divagar.

Últimamente, crecía y crecía una sensación en su interior de que tendría que hacer algo, ir más allá, empujar los límites y dar el golpe maestro. Tenía un basto número de seguidores y su poder había llegado a niveles inigualables, era intocable e invencible. Había tejido redes en el Ministerio, en la comunidad mágica y una sombra oscura cubría a quienes se le oponían.

Un cuervo golpeó con su pico la ventana, apenas se escuchaba su insistente llamado contra el cristal, pero Voldemort se levantó y abrió. El animalito revoloteó sobre su cabeza seguido por una blancuzca ráfaga de aire y nieve. Dejó caer un sobre pequeño que contenía tres hojas tan finas que se transparentaban, escritas con una caligrafía femenina y delicada en tinta roja.

Querdio Tom,

Te escribo desde mi fría habitación en Viena, la ciudad está congelada al igual que mi cuerpo y mi alma, pero mi corazón sigue ardiendo y a pesar de los años que pasaron aún miro por la ventana, esperando que vuelvas.

Atesoro la promesa y me aferro a ella, aunque todo me demuestre que no planeas regresar. Espero que seas un hombre feliz, estés dónde estés y deseo que encuentres alguien con quien compartir esa felicidad…

Voldemort pasó las hojas, para ver si había algo más que palabras endulzadas. Nunca había pensado en volver a Viena, excepto que fuera muy necesario, pero jamás se vio ante tal situación e Ismelda representaba su pasado, una parte que había encajonado al fondo de su memoria. Al igual que Nagini, y todo lo que había vivido en su juventud, sólo conservó aquello que lo fortaleció y atesoró conocimientos, pero no pensaba ponerse sentimental y acudir al rescate de mujeres olvidadas.

En la última hoja encontró una posdata.

P.d.: Feliz navidad y año nuevo, se que apreciarás mi último regalo.

Alzó la vista justo para ver como tres cuervos entraban y depositaban con un fuerte ruido un libro sobre la mesa. Era el viejo ejemplar del padre de Ismelda dónde había escrito muchos pensamientos e ideas sobre la pureza de sangre y el exterminio de los impuros.

Los cuervos se fueron graznando.

Él cerró la ventana y pasó sus dedos por el lomo encuadernado en negro cuero. Abrió al azar una página y leyó en voz alta:

-"Durante mi juventud, siempre creí que había nacido en la época incorrecta, una época que parecía erigir sus templos a la gloria de la mezcla racial, y esto me inquietaba, me entristecía pensar en el mundo que heredarían mis hijos y los hijos de estos. Pensé seriamente en acabar mi linaje conmigo, pero un día fui testigo de una maravillosa epifanía: Por qué dejarme vencer por los impuros cuando podía tomar el control de la situación y revertir el porvenir…"

Cuanta razón explicada con tanta simpleza, si tan solo las personas se sacaran la venda de los ojos y se dieran cuenta de que el progreso no era abrir el mundo mágico a aquellos impuros por el hecho agrandar el número de integrantes o llenarse la boca hablando de inclusión e igualdad. No. Igualdad era lo que llevaría a los magos y brujas a extinguirse y perder la pureza de la raza al mezclar la sangre con la de sucios muggles e híbridos.

Era bueno tener ese ejemplar en su poder, lo guardaría y mejoraría para que sus pensamientos e ideales quedasen grabados para la eternidad y para que nuevas generaciones sean guiadas por el camino correcto y no contaminen sus mentes con ideas huecas pro-muggles. Les enseñaría a mantener la limpieza racial que él, Lord Voldemort les legaría. Tendrían que aprender a cuidar y apreciar ese regalo.

Un golpe firme, esta vez, contra la puerta hizo que levantara la vista de las páginas amarillentas del libro. Lo cerró con cuidado y permitió a su visitante que entrara.

La sombra alargada de una mujer fue lo primero que vio.

-Lo siento, mi señor –se disculpó ella, bajando la cabeza-. Sé que pidió no ser molestado, pero llegó el hombre lobo y lo busca.

Voldemort apuntó a la chimenea con su varita de tejo blanco y encendió los leños, el incremento de luz lo hizo parpadear, pero al instante el calor se propagó por la sala y sus ojos se acostumbraron.

-Pasa, Bella y cierra la puerta.

Ella se apresuró a obedecer.

Bellatrix Lestrenge se había convertido en una joven hermosa y lozana que siempre estaba a disposición de su amo y se ofrecía como voluntaria para todo, aunque eso pusiera su vida en peligro o fuera totalmente vano, como ocuparse de informarle si alguien había llegado, cuando había elfos domésticos para hacerlo.

Era una bruja de sangre pura y representaba el ideal de la causa que él promocionaba. Su cuerpo esbelto enfundado en una túnica verde y su cabello espeso sujeto en un rodete desprolijo le daban un aspecto precioso, pero mortífero y altivo.

Voldemort nunca la había mirado con intenciones de hombre pero tuvo que admitir que lucía perfecta.

-Acércate –ordenó, buscando un pergamino que había dejado junto a otros en el suelo-. Mira esto.

El rostro de Bellatrix se iluminó, sin tener nada que ver con el fuego de la chimenea y sus ojos de gruesos parpados no pudieron ocultar la alegría.

Él le mostró un dibujo en el que había estado trabajando por semanas.

-¿Qué es, mi señor? –preguntó ella con curiosidad.

-El símbolo de mi poder. Soy yo venciendo a mis enemigos, soy yo conquistando la muerte.

En tinta verde había dibujado una calavera de cuya boca salía una aterradora lengua de serpiente. A un costado de la página había escrito "Morsmordre"

-Ahora que terminaste tus estudios en Hogwarts, tengo un regalo que hacerte.

-No creo merecer tal honor, mi señor –afirmó ella, aunque no podía ocultar lo ansiosa que estaba.

Voldemort rodeó la mesa y se colocó a su lado.

-Por el contrario, a tu corta edad has demostrado ser una bruja muy talentosa y una pieza indispensable para mi lucha.

-Yo… sólo creo firmemente en la causa –balbuceó ella, sonrojada.

-Exacto, y por eso serás la primera en recibir la marca. Mi marca.

Ella asintió, frenética.

-Será un gran honor, la portaré por siempre y lucharé por lo que significa, sin importar…

Voldemort alzó la mano y la hizo callar.

-Dame tu brazo izquierdo.

-¿Mi señor?

-Tu brazo, vamos.

Ella extendió con cautela, él se lo tomó con fuerza y volteó el pálido antebrazo de la bruja. Apoyó la punta de su varita y marcó a fuego su blanca piel para siempre.

Bellatrix contuvo cualquier exclamación de dolor, haciendo acopio de toda su fuerza y demostrando su valor. En todo momento mantuvo sus ojos negros clavados en los rojizos del mago.

-Vuelve a la fiesta, Bella, y se discreta. Pronto será el momento de otros para recibir su marca, pero por ahora mantelo en privado –dijo Voldemort, volteando de cara a la chimenea, su rostro ceroso reflejó las llamas con un resplandor nacarado-. Dile al lobo que suba.

La comunidad de hombres lobo se había mudado a Inglaterra y eran liderados por Fenrir Greyback y su joven hijo y tocayo, él pequeño no era licántropo aún, pero ansiaba el día que su padre lo convirtiera. Si bien su sangre contaminada no les permitía ser Mortífagos, ambos estaban muy comprometidos con la causa y aportaban una cuota de ferocidad y terror que oprimía los corazones de sus enemigos.

-¿Señor? –preguntó una voz rasposa.

-Pasa.

Fenrir era más joven que Voldemort, pero su cuerpo estaba destruido y aparentaba muchos años más. Su rostro, desfigurado por cicatrices mal curadas y su pelo raído y entrecano, distaban muchísimo del joven lozano que había conocido en el bosque, en New Forest. Si bien sus ojos aún destilaban ferocidad y su cuerpo ágil de voz grave mantenía a todos los de su raza controlada, pronto llegaría el momento de pasar la antorcha.

-¿Y bien? –preguntó Voldemort, sentándose en su sillón.

-Está todo listo, esperamos su permiso para actuar –Fenrir cojeó hasta llegar al lado del fuego-. Necesito calentarme, afuera hace un frío de muerte.

-Lamento informarte que partirás de inmediato.

Fenrir lanzó un gruñido, molesto.

-Voy a desatar todo mi poder y salir a campo abierto –comenzó Voldemort, mirando un punto fijo en el techo.

Solía tener la mirada perdida y los demás no sabían a ciencia cierta si hablaba con ellos, consigo mismo o ambas.

-¡Qué bueno oírlo! Mi manada está ansiosa por probar sangre fresca.

-Ahora, el mundo entero sabrá que Lord Voldmeort no bromeaba, voy a atacarlos con todo. Lo que creían saber sobre magos tenebrosos les parecerá un juego de niños comparado con las cosas que les tengo preparada y los muggles… bueno, ellos sufrirán.

Fenrir se agachó a su lado.

-Todos sus seguidores estaremos allí para apoyarlo y hacer cumplir sus órdenes, mi señor.

Voldemort clavó sus ojos en los del lobo. Parecía que estaba por consumirlo con la mirada, pero al cabo de unos segundos desvió la vista y sonrió complacido.

-Sé que cuento con tu fidelidad, Fenrir, y serás gratamente recompensado por ella.

Él se levantó con dificultada y agregó:

-Mañana mi hijo será convertido y pondrá su nuevo y verdadero ser bajo su servicio.

-No esperaría otra cosa –afirmó Voldemort y le indicó que se retirara con un gesto de la mano.

-Mi señor.

Voldemort volvió a quedarse solo y cada vez sentía más como todo iba encajando. Las piezas se unían, el rompecabezas se armaba y no había nada que pudiera detener el proceso. Él era omnipotente, su poder no conocía límites y, sobre todo, había derrotado a la muerte.

Había pasado de ser un niño huérfano, que se sabía especial, pero no comprendía el origen de sus poderes o por qué podía hacer cosas extrañas a terminar siendo uno de los mejores alumnos que Hogwarts vería pasar por sus corredores y estudiar en sus aulas. Todos se habían decepcionado al ver al increíble Tom Riddle terminar trabajado en Burgin y Burke's pero eran cortos de mente no entendían los beneficios que traía esa posición, no era un mero dependiente de tienda, sino que había llegado a ver y tocar tesoros mágicos que quizás nadie volvería a ver, como la copa de Helga HUfflepuff.

Siempre supo que estaba destinado a la grandeza y cuando descubrió que por sus venas corría la misma sangre que la de Salazar Slitheryn, todo estaba dicho, no importaba que su padre haya sido un sucio muggle, porque él borró esos rastros y lo único que importaba era la pureza del fundador de Hogwarts, no había lugar para otro progenitor.

Y luego estaban todas las cosas increíbles que había vivido y aprendido mientras recorría Europa y sentaba las bases para su presente magnífico y poderoso.

Había logrado dividir su alma y convertirse en un mago inmortal, un hito en la magia ya que nadie logró tal cosa y pasarían años, quizás siglos hasta que alguien se anime a obrar igual.

Lord Voldemort había sido un pionero y su nombre resonaría eternamente, al igual que su obra. Cambiaría la cara de la comunidad mágica y del mundo para siempre.

Voldemort se sentía listo, todos verían de lo que era capaz. Abrió la ventana de golpe, haciendo ondular las pesadas cortinas y su túnica negra se arremolinó detrás, una mano blanca de larguísimos dedos apuntó la varita al cielo. Justo en el momento que todos gritaban por el año nuevo, él exclamó:

-¡Morsmordre!

Una calavera enorme se proyectó en el cielo iluminándolo con su resplandor verdoso y opacando los festivos fuegos artificiales.

La guerra empezaba.

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